
Hay algo que me inquieta profundamente. En nuestras reuniones familiares o en conversaciones laborales, hablamos de asesinatos, ajustes de cuentas, balaceras y femicidios como si comentáramos las bajas temperaturas de esos días. Y a veces –lo más grave–, ya no nos sorprendemos. Ese es el síntoma más peligroso de todos: la anestesia moral.
Lo vi con mis propios ojos
Viví en México, un país que comenzó a descomponerse cuando la violencia era lo cotidiano. Primero, genera indignación; luego, miedo, y después, costumbre. Hasta que un cartel, cuyo nombre no mencionaré por razones obvias, dejó partes de un cuerpo humano en la puerta de todos mis vecinos del condominio. Ya era muy tarde para reaccionar; dos destacados vecinos resultaron informantes del cartel de otro estado. Los que paseaban a sus hijos hoy yacían en nuestras puertas. Cuando una sociedad deja de escandalizarse, pierde su capacidad de reaccionar.
El criminólogo español Fernando Reinares explica que la repetición constante de hechos violentos sin contextualización produce habituación social. El sociólogo inglés Zygmunt Bauman hablaba de la “normalización del riesgo” como una adaptación peligrosa a entornos inseguros.
El ‘rating’ sube, pero ¿qué perdemos?
Aquí hay otra dimensión que nos interpela directamente a quienes trabajamos en comunicación. Está comprobado que las noticias de sucesos generan mayor audiencia.
La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿ayuda eso a la vida de nuestros seres queridos? No se trata de ocultar la realidad. El periodismo tiene la obligación de informar, pero no debe amplificar sin criterio. No debe convertir la violencia en espectáculo.
El especialista en trauma Frank Ochberg advierte de que la exposición reiterada a violencia mediática puede generar desensibilización y estrés traumático secundario. La saturación de noticias violentas produce dos efectos igualmente dañinos: miedo paralizante o apatía colectiva. Ambos erosionan el tejido democrático.
La trampa en la que caemos
Cuando dejamos de indignarnos, cuando un homicidio más no altera la conversación, cuando la cifra sustituye al nombre, algo profundo se rompe. No es solo un problema de seguridad pública; es un problema cultural.
A mis colegas periodistas, quiero hacerles un llamado. Sé que la violencia genera audiencia y sin ella no se sostiene un medio. Pero también sé que la forma en que narramos la realidad moldea la percepción colectiva. No es solo informar; es analizar y dar herramientas de prevención.
Mostrar más violencia no nos hace más responsables; quizá solo nos hace más insensibles. Una sociedad sana no es la que ignora la violencia, sino la que se resiste a normalizarla. El día que ya no nos escandalice una muerte violenta, ese día no solo habrá perdido la víctima: habremos perdido todos.
Germán Salas M. es periodista.
