
Tomar el celular con un objetivo concreto: responder un mensaje, buscar una dirección o revisar la hora. Nada grave. Pero, de repente, casi por inercia, terminamos viendo historias, videos cortos o comentarios de personas desconocidas. Cuando nos damos cuenta, ya pasaron 20 minutos y probablemente la tarea original quedó incompleta y olvidada. Parece un chiste, pero pasa a diario.
A estas alturas, criticar la tecnología resulta poco realista y hasta absurdo. Pero es innegable que muchas veces no usamos la tecnología con intención, sino por impulso: el celular vibra y volteamos a ver en el acto; la pantalla se ilumina y miramos y, aunque no vibre ni suene, nos mantenemos atentos al dispositivo. Como quien revisa el refrigerador cada cinco minutos con la esperanza de que aparezca en él algo nuevo.
El dato de tiempo gastado frente a la pequeña pantalla debería avergonzar a más de uno. ¿Cuánto tiempo de la vida se nos está yendo en espacios digitales que muchas veces ni siquiera elegimos habitar conscientemente?
Por otro lado, la urgencia parece estar dominando. Reproducimos los audios y videos en velocidad 1,5 o 2, nos saltamos las introducciones y nos desesperamos si una página tarda más de cinco segundos en cargar. La humanidad sobrevivió a viajes en barco de meses, pero nosotros sentimos desesperación cuando una aplicación o una página web tarda unos segundos más de la cuenta. Tal vez no es que el mundo se haya vuelto lento, sino que nuestra capacidad de prestar atención disminuyó considerablemente.
En Internet circula el dato de que los seres humanos tenemos una capacidad de atención menor que la de un pez dorado: ocho segundos frente a nueve. Por fortuna, investigué y descubrí que es un mito carente de base científica. No obstante, la idea no parece del todo descabellada. La comparación será falsa, pero la dispersión se siente real. Basta con preguntarnos cuántas veces logramos ver una película completa sin tocar el celular o cuántas veces empezamos una tarea de estudio o trabajo y terminamos en una red social sin recordar cómo llegamos ahí.
Se dice que, cuando una aplicación es gratuita, es porque el producto somos nosotros. En efecto, nuestros datos y, sobre todo, nuestra atención valen oro.
TikTok, Instagram y otras plataformas entendieron muy bien la lógica del placer rápido. Un video corto, otro más, una historia, una receta que nunca vamos a cocinar… Todo llega rápido, editado y fácil, listo para consumir. Este nuevo modelo ha hecho que leer un texto largo parezca una prueba de resistencia y que mantener una conversación sin revisar constantemente el celular sea un tremendo acto de disciplina.
Por eso, decirle a la gente que simplemente tenga “fuerza de voluntad” será poco efectivo, tomando en cuenta que hay industrias enteras compitiendo profesionalmente por nuestra atención, pensando en cómo capturarla, medirla, retenerla y convertirla en dinero. Todo está diseñado para que nos quedemos “un poco más”.
No se trata de satanizar la tecnología. Las redes sociales comunican, informan (y desinforman) y abren oportunidades reales. El problema aparece cuando una herramienta que nació para conectarnos y facilitarnos la vida empieza a robarnos concentración, presencia, tiempo de calidad con nuestros seres queridos e incluso autoestima.
Quizá el primer paso sea reconocerlo sin filtro: tenemos una relación adictiva con las pantallas. No todos al mismo nivel, pero sí como sociedad. Basta con mirar alrededor para percatarnos de que casi todo el mundo tiene la mirada sumergida en el celular: al despertar, al caminar, al comer, al descansar y a la hora de dormir. Nos incomoda la desconexión digital y nos cuesta estar sin ella.
Proteger nuestra atención es una nueva forma de autocuidado: limitar las notificaciones, poner límites al tiempo que pasamos frente a la pantalla y activar el modo avión de vez en cuando.
La vida real no tiene filtros ni canciones de fondo, pero ahí pasan las cosas importantes: los vínculos, las ideas, la concentración y la libertad. Tal vez la pregunta ya no sea cuánto usamos el celular, sino cuánto de nosotros dejamos ahí.
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Ivannia Solís Porras es egresada de la carrera de Derecho.