
Las recientes muertes de mujeres luego de someterse a tratamientos estéticos en Costa Rica no pueden entenderse como hechos aislados ni como simples “accidentes médicos”. Son la expresión local de un fenómeno global que exige una reflexión ética profunda: ¿por qué son mayoritariamente las mujeres quienes se someten a estos procedimientos (y mueren) en nombre de la belleza?
Las cifras internacionales son elocuentes. Más del 85% de los procedimientos estéticos en el mundo se realizan en mujeres. En países como Estados Unidos, Brasil o Colombia –potencias de la cirugía estética–, la proporción se repite con mínima variación. No se trata de una coincidencia estadística, sino del resultado de una construcción social que continúa situando el cuerpo femenino como principal objeto de evaluación, deseo y control.
Vivimos en sociedades que, aun proclamando la igualdad de género, continúan instrumentalizando y cosificando a la mujer. Su cuerpo es tratado como un medio –para agradar, competir, permanecer “vigente”– y no como un fin en sí mismo. Esta cosificación convierte la apariencia en capital social y empuja a muchas mujeres a modificar su cuerpo para responder a expectativas externas profundamente machistas.
A esta presión se suma un mercado médico que ha desplazado el eje de la medicina de lo terapéutico a lo estético. Los procedimientos invasivos se ofertan como productos de consumo, con un lenguaje publicitario que promete bienestar, éxito y aceptación, mientras minimiza los riesgos reales. Cuando la medicina se convierte en mercancía, el principio bioético de beneficencia queda subordinado a la rentabilidad.
Particularmente preocupante es la fragilidad del consentimiento informado. Éticamente, este solo es válido si la decisión es libre, consciente y bien informada. Pero, ¿cuán libre es una decisión tomada en un contexto de bombardeo publicitario constante? ¿Cuán informado es un consentimiento que rara vez enfatiza en la posibilidad de complicaciones graves o incluso de la muerte? Cuando el riesgo se normaliza, la autonomía se vacía de contenido.
No se trata de negar la capacidad de decisión de las mujeres ni de imponer paternalismos morales. Se trata de reconocer que las decisiones individuales ocurren dentro de estructuras sociales desiguales que condicionan los deseos, los miedos y las aspiraciones. Ignorar ese contexto es éticamente irresponsable.
La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria: ¿qué significa hablar de igualdad de género cuando aceptamos que mujeres sanas mueran para ajustarse a un ideal estético impuesto? La regulación, la formación médica rigurosa y la transparencia informativa son urgentes, pero resultan insuficientes si no cuestionamos la lógica cultural que sigue cosificando el cuerpo femenino.
Mientras la belleza continúe siendo una exigencia y no una elección genuinamente libre, estas muertes no serán excepciones. Serán el precio humano de una sociedad que aún no ha aprendido a mirar a la mujer como fin y no como instrumento.
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Luis Gerardo Jiménez Arias es bioeticista, teólogo y biólogo molecular.