
Tendría que tener uno casi 90 años para recordar personalmente, con algún detalle, la terrible experiencia histórica que para el mundo significó la caída de la Bolsa de Nueva York en 1929 y su catastrófica consecuencia: la Gran Depresión Mundial. Por eso, son pocos los costarricenses vivos que podrían contarnos, de primera mano, la manera en que sus familias sufrieron y enfrentaron esos años.
Una de las cosas que aparecen como referencia general en las historias de algunos de esos viejos es que la generación que vivió la Gran Depresión siempre temió su retorno y, por consiguiente, sabía valorar como un tesoro hasta una migaja de pan.
Traumas. Lo anterior es importante. Existe un conocimiento popular acerca de la existencia de una severa crisis económica en 1929. Incluso quienes nunca se hayan interesado en el tema, podrían citar ese acontecimiento en cualquier entrevista en la calle. En cambio, hay poca conciencia acerca de la forma en que el mundo entero tuvo que enfrentar esa crisis y, especialmente, el sacrificio que significó sobrevivirla.
Probablemente, fue el desempleo el elemento principal del trauma producido por el fantasma de la Gran Depresión. En su libro The Age of Extremes (1996), el historiador inglés Eric Hobsbawm, quien vivió la crisis siendo adolescente judío en Alemania a principios de la década de 1930, recuerda que un editorialista del London Times escribió en medio de la II Guerra Mundial que, después de la guerra, el desempleo era “la enfermedad más extendida, insidiosa y destructiva de nuestra época” (p. 94).
Sin embargo, Hobsbawm recuerda algo más. De acuerdo con él, fue la inexistencia de soluciones en el marco de la vieja economía liberal lo que hizo tan dramática la situación de los responsables de las decisiones económicas que conducirían al mundo fuera de la Depresión. En efecto, los economistas liberales no habían enfrentado –aunque existían algunos antecedentes– algo como lo que ocurría a principios de la década de 1930.
Hobsbawm es todavía más perspicaz al decir : “Más específicamente, la Gran Depresión obligó a los gobiernos occidentales a dar prioridad a las consideraciones sociales sobre las económicas en sus políticas estatales. El peligro de no hacerlo así –la radicalización de la izquierda y, como lo demostraron Alemania y otros países, de la derecha– era excesivamente amenazador” (p. 95). Ese claro viraje en las políticas económicas hacia lo social es uno de los fenómenos más importantes de la historia económica del capitalismo mundial.
Cine y literatura. Probablemente son el cine y la literatura, más que los libros especializados de historia, los principales educadores populares con respecto a la década de 1930. Se pueden sugerir, al respecto, varios libros y filmes. Para sintetizar ambas cosas, para mí es fundamental la película de John Ford Grapes of Wrath (1940), basada en una novela de John Steinbeck, e interpretada magistralmente por Henry Fonda. Aquellos pobres granjeros estadounidenses, viajando hacia California, en busca de trabajo, horadados por la rapiña de los especuladores y maltratados por el hambre y la falta de techo, son el símbolo de lo que significó la crisis económica mundial.
Traigo a colación esta reflexión por efecto de la crisis financiera que atormenta a los Estados Unidos en estos momentos. Nuestra falta de experiencia histórica, es decir nuestra lejanía temporal de la década de 1930, combinada con los efectos de vivir una “época de pasarela” (donde la exhibición de los glúteos es más valorada que la cultura) nos puede volver insensibles frente a la idea de una posible crisis mundial por efecto de lo que ocurre en el norte y la necesidad de prepararnos para enfrentarla. De ahí la importancia de aprender de la historia. Empero, muy pocos han tomado en cuenta ese consejo y son todavía menos los que lo han acogido como un emblema.