
Duele decirlo, pero Costa Rica se desangra. Cada día nos arrancan gajos de identidad y nos parecemos menos a los costarricenses del país del “pura vida”.
Crecimos en una tierra de paz, de gente trabajadora y de respeto por la palabra, mas hoy esa patria parece desvanecerse bajo la sombra de la violencia, la corrupción y la indiferencia.
En mi hogar, aprendí que la palabra era sagrada. Mi papá me inculcó que la palabra se respeta, se cumple y se defiende, porque es reflejo de integridad.
Pero el país que dimos por sentado está cambiando a pasos agigantados. Esto me llevó a levantar una lista de lo que, para mí, son heridas abiertas de Costa Rica.
- Los criminales son dueños de las calles.
- El narcotráfico se infiltra en barrios, escuelas e instituciones, en sitios donde deberíamos convivir en paz.
- La violencia es cotidiana.
- La corrupción se disfraza de autoridad.
- La impunidad reina, respaldada por quienes se solazan en su nula rendición de cuentas.
- La juventud se ahoga en drogas y carece de oportunidades.
- El desempleo no es una cifra: es una familia con hambre y angustiada por llegar a la próxima quincena.
- La buena educación dejó de ser un derecho y se volvió un privilegio.
- La salud es ahora un lujo al que solo acceden quienes pueden pagarlo.
- La política se aleja del pueblo y se acerca a los negocios.
- La desigualdad marca la vida desde la cuna.
- El miedo y las amenazas tomaron el lugar de la paz en los barrios.
- Los valores se cambian por dinero fácil.
- Las cárceles no rehabilitan, multiplican el delito.
- La misoginia sigue arrebatando vidas y dejando personas huérfanas.
- La trata de personas se esconde tras promesas falsas.
- El medio ambiente se sacrifica por ganancias en el corto plazo.
- La prensa y la libertad de expresión se ven amenazadas por intereses políticos y económicos.
- La espiritualidad y la fe se manipulan a conveniencia; no hay verdadero respeto por las creencias de la población.
- La justicia es lenta, cara e inaccesible para muchos.
Sin líderes y divididos
Los ciudadanos debemos asumir una actitud más activa y valiente para salir en defensa de nuestro país y tratar de que tantas heridas sanen. Pero, al mismo tiempo, el gobierno debe hacer lo que le toca, algo que, lamentablemente, no ha ocurrido.
El único discurso que le oímos al Ejecutivo es el de culpar a otros, ver en otra dirección para ignorar los problemas, insultar y hablar con mentiras.
En medio de esta crisis, lo que más preocupa es la ausencia de un liderazgo claro y la creciente polarización del país.
Y, mientras tanto, personas inocentes mueren un día sí y otro también, al tiempo que nuestros jóvenes son presa fácil de la violencia.
Si dejamos que la violencia y la indiferencia nos arrebaten los espacios de unión, habremos perdido no solo vidas, sino también la esencia de lo que significa ser costarricenses.
¿Adónde quedó nuestra cultura cívica, la formación de ciudadanos críticos que exigen transparencia y rendición de cuentas?
Empecemos por ser agentes de cambio. No podemos esperar a que otros resuelvan lo que nos afecta a todos, ni seguir siendo espectadores de cómo se desangra Costa Rica.
kardayac@gmail.com
Karol Alfaro Ceciliano es asesora en Comunicación y máster en Turismo Gastronómico.