
Me preocupa profundamente el momento que vive Costa Rica. No porque crea que una dictadura sea inevitable, sino porque percibo que la mayoría de los costarricenses no comprenden que las democracias pueden perderse mucho más fácilmente de lo que imaginamos.
La historia demuestra que los regímenes autoritarios no siempre llegan mediante golpes de Estado. Adolf Hitler en Alemania, Hugo Chávez en Venezuela y otros líderes en distintas regiones del mundo llegaron al poder a través de procesos democráticos. Lo que ocurrió después fue un debilitamiento progresivo de los contrapesos institucionales, la independencia judicial, la prensa libre y el respeto por quienes pensaban diferente.
Por eso, me preocupan los mensajes políticos que presentan como enemigos del pueblo a los tribunales, la prensa, los órganos de control o a quienes discrepan. La crítica a las instituciones es legítima y necesaria en democracia. Lo peligroso es convertirlas en obstáculos que deben ser eliminados para que una sola visión prevalezca.
Mi preocupación también tiene raíces personales. Nací y crecí en el País Vasco, que sufrió extraordinariamente la dictadura de Franco y, posteriormente, el terrorismo de ETA. La historia de Europa está marcada por siglos de guerras, conflictos y tragedias provocadas por la incapacidad de convivir con quien piensa distinto. Millones de personas murieron a manos de vecinos que dejaron de verse como ciudadanos y comenzaron a verse como enemigos. Desde joven, entendí el enorme valor de la democracia, del diálogo y del respeto a las diferencias.
Costa Rica ha sido una excepción admirable en América Latina. Sin ejército y con una sólida tradición democrática, ha demostrado que otro camino es posible. Sin embargo, ninguna democracia es perfecta ni indestructible. Su fortaleza depende de que la ciudadanía comprenda la importancia de defender las instituciones, la libertad de expresión, la independencia de los poderes del Estado y el derecho de cada persona a pensar diferente.
Todavía estamos a tiempo. Pero el primer paso es reconocer que los riesgos existen. La historia enseña que las democracias rara vez desaparecen de un día para otro; suelen erosionarse lentamente mientras la mayoría de la población cree que nada grave está ocurriendo. Esta realidad se ve hoy agudizada por estrategias políticas potenciadas por algoritmos muy efectivos en promover confusión y confrontación entre ciudadanos. La mejor defensa de Costa Rica no es asumir que aquí nunca pasará. Es actuar para que nunca pase.
Para despertar una conciencia colectiva capaz de sostener nuestra democracia en el tiempo, al menos cinco acciones serán indispensables: impulsar una gran coalición democrática con movilización pacífica y permanente; promover una cultura de diálogo entre sectores y de respeto entre quienes piensan distinto; exigir información veraz y combatir la desinformación; defender la independencia de las instituciones democráticas sin importar quién gobierne, y fortalecer la educación cívica y asumir una participación ciudadana más activa en los asuntos públicos.
La democracia no se preserva únicamente con elecciones. Se preserva cuando millones de personas entienden que la libertad, la pluralidad y el respeto mutuo son responsabilidades compartidas. Si queremos que Costa Rica siga siendo una democracia para las próximas generaciones, debemos empezar por cuidarla hoy. ¿Qué está haciendo usted hoy para que Costa Rica siga siendo una democracia mañana?
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Aitor Llodio es consultor en desarrollo y alianzas.