
El miércoles en la mañana, cuando salió la encuesta del CIEP-UCR, y de nuevo este jueves, con la de Idespo-UNA, creo que muchos sentimos lo mismo: ese golpe seco en el estómago. Ese silencio incómodo que aparece cuando uno piensa: “¿ya fue?”. Como si el país se nos estuviera yendo de las manos sin pedir permiso. Como si todo lo que defendemos –instituciones, diálogo, decencia, equilibrio– quedara reducido a una anécdota de un pasado ingenuo.
Y sí… me identifico con ese sentimiento. Lo entiendo. No lo minimizo. Porque no estamos hablando de una simple campaña electoral: estamos hablando del rumbo de Costa Rica, del tipo de país en el que queremos vivir después de todo lo que ya vimos, después de todo lo que ya se rompió, después de todo lo que se normalizó. (Y eso pesa).
Pero aquí viene lo importante: ese sentimiento no es una sentencia. Es una alarma. Es el cuerpo diciéndonos que no podemos bajar los brazos. Que aún hay tiempo. Que todavía existe algo más poderoso que una encuesta: la ciudadanía cuando despierta.
Por eso, en medio de este panorama, me pareció tan refrescante –y necesario– ver el “antidebate” de Teletica. Ver a Claudia Dobles, Álvaro Ramos, Ariel Robles y Juan Carlos Hidalgo sentados en una mesa, conversando, confrontando ideas sin gritos, y demostrando que sí se puede hacer patria cuando se acepta una verdad básica: nadie construye un país solo, y menos a punta de berrinches.
Fue un recordatorio de algo que parecíamos haber olvidado: la política no debería ser una guerra de egos, sino un ejercicio de responsabilidad. Y cuando uno ve a figuras tan distintas encontrarse en el diálogo, aunque no piensen igual, entiende que todavía queda una reserva moral en este país. Que todavía existen personas capaces de anteponer Costa Rica a la vanidad.
Y por eso mismo resulta tan preocupante la actitud de Laura Fernández, que ha dado a entender que sentarse en una mesa así es como “juntarse con cerdos”. Porque esa frase no es solo desafortunada: es una declaración de desprecio por el diálogo, por el intercambio democrático, por la idea misma de construir con otros. Es el mensaje de que la conversación estorba y que la diferencia se pisa. Es la política vista como un corral donde lo único que vale es el mando, y donde el que no se arrodilla “contamina”.
Pero el país no se construye así. Costa Rica se hizo grande por lo opuesto: porque aquí aprendimos –con dificultad, con tropiezos, con terquedad histórica– que hablar es mejor que aplastar, que negociar es mejor que humillar, que discrepar no es un delito.
Y lo digo con total paz: pase lo que pase, yo siento que estoy del lado correcto de esta historia. Del lado donde la política se hace con respeto. Del lado donde el adversario no se deshumaniza. Del lado donde el poder no se celebra como una licencia para insultar. Del lado donde las instituciones se cuidan, no se atacan. Donde la prensa se enfrenta, no se persigue. Donde la crítica se tolera, no se castiga.
La noche de este miércoles vi algo que me devolvió el norte: vi candidatos sentándose a dialogar con una idea común –explícita o implícita– de que el camino del continuismo no nos lleva a nada bueno. Y que el país necesita otro tono. Otra forma. Otra adultez.
Así que sí: entiendo el miedo. Entiendo el desánimo. Entiendo ese pensamiento de “todo está perdido”. Pero también sé esto: Costa Rica no está perdida. Está peleándose.
Y cuando un país se pelea, todavía está vivo.
Nos toca no rendirnos. Nos toca sostener el norte. Nos toca votar con la cabeza fría y el corazón firme. Nos toca recordar que una democracia no muere el día que aparece una encuesta, sino el día que la gente se convence de que ya no vale la pena intentarlo.
Y yo, por mi parte, no pienso darme ese lujo.
Álvaro Apéstegui Gurdián es médico.