
Las elecciones terminaron. Pero la fractura quedó. Y no hablo de diferencia de ideas, pues eso es democracia. Hablo de la sensación de que algo se rompió entre nosotros.
Hoy pareciera que el enemigo es el vecino. El que votó o piensa distinto. El que “no entiende”. El que “se dejó manipular”. El que “es cómplice”.
Nos miramos con sospecha. Nos hablamos con sarcasmo. Nos respondemos con desprecio. Y lo más doloroso es que ambos bandos están convencidos de que actúan por amor al país.
Nadie vota queriendo destruir Costa Rica. La gente vota con esperanza, con rabia acumulada, con decepción histórica, con una historia personal que no siempre conocemos.
Y, sin embargo, hemos normalizado el ataque y convertido las redes sociales en trincheras. Hemos confundido la firmeza con la humillación y disfrazado la arrogancia de conciencia política.
Mientras tanto, el país sigue ahí. Dividido. Esa división no nació sola. El poder, históricamente, se alimenta de fracturas. Cuando un pueblo se divide en bandos morales, el debate deja de ser político y se vuelve identitario, carente de racionalidad.
Cuando la política logra que el otro sea visto como amenaza, el terreno se hace fértil para discursos cada vez más extremistas y el desgaste ciudadano se convierte en apatía.
En Costa Rica hemos cultivado una superioridad silenciosa: una narrativa del Valle Central como centro moral e intelectual del país. Hemos sido eficientes en crear un país dentro del país. Infraestructura aquí. Servicios aquí. Oportunidades aquí.
Y luego nos sorprendemos de que las costas voten distinto. Quien vive sin un hospital cercano vota distinto. Quien creció sin acceso a la universidad vota distinto. Quien sobrevive a punta de empleos informales vota distinto. Quien siente que el Estado nunca llegó vota distinto.
Y si algo debería incomodarnos, no es su decisión, sino nuestra indiferencia histórica. Porque la democracia no es solo el derecho a votar. Es el derecho a que tu circunstancia no te condene.
Antes de escribir un comentario hiriente, antes de compartir una burla, antes de ridiculizar al que piensa diferente, deberíamos preguntarnos: ¿Estoy defendiendo el país o estoy defendiendo mi ego?
Tal vez el gesto más transformador hoy no es ganar la discusión, sino decir: “Pienso distinto, pero respeto tu opinión. Quiero entender qué te llevó a pensar así”. Decirlo no es debilidad. Es madurez democrática.
Las opiniones no cambian a gritos; cambian cuando cambian las condiciones de vida.
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Stefanía Rodríguez Gamboa es vecina de Platanares de Moravia.