
La contradicción geopolítica entre globalistas y soberanistas, transversal a la izquierda y la derecha, no surge de un conflicto ideológico clásico, sino de una mutación histórica concreta del orden mundial posterior a 1989–1991. Tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS, la globalización neoliberal dejó de ser un proyecto entre otros para convertirse en el único horizonte posible.
No existía alternativa ni “plan B”: el nuevo orden fue impuesto no tanto por una institucionalidad multilateral genuina, sino por la hegemonía efectiva de Occidente —Estados Unidos y Europa— a través del control de los mercados financieros, del comercio global y de las reglas económicas. El multilateralismo que hoy se invoca funcionó, en los hechos, como un dispositivo legitimador de una asimetría de poder ya consolidada.
Como ocurre con todo fenómeno que alcanza su fase de máxima expansión, esta globalización total tendió a generar su contrario. El retorno de la soberanía política, económica y cultural emerge precisamente como reacción a un orden que había vaciado de contenido real al Estado-nación y subordinado la decisión política a lógicas transnacionales.
De ahí se consolida la fractura central de nuestro tiempo: globalismo versus soberanismo, una contradicción que no se explica por el eje izquierda–derecha tradicional, sino por la relación con el poder, el territorio y la autonomía política.
John Agnew, en Globalización y soberanía, expone con claridad este proceso al demostrar que la globalización no elimina la soberanía, sino que la reconfigura de manera desigual, concentrándola en ciertos actores y espacios mientras la erosiona en otros. Sus ejemplos muestran cómo los Estados periféricos o dependientes pierden margen de maniobra, mientras que los centros hegemónicos conservan —e incluso refuerzan— su capacidad soberana. La supuesta “aldea global” nunca fue horizontal.
Una izquierda que ya no representa al proletariado
En ese marco, la globalización neoliberal operó de manera totalizante. Los partidos de centro y derecha terminaron convergiendo en una misma práctica política indistinguible, subordinada a los mismos consensos económicos y financieros. A la izquierda más radical se le permitió subsistir como diferencia simbólica, pero bajo la condición de abandonar el conflicto de clase y adoptar una agenda liberal-individualista identitaria, “woke” y desanclada de las determinaciones materiales, que hoy defiende.
El resultado es una izquierda que ya no representa al proletariado, al campesinado ni a las clases populares afectadas por la globalización, sino a minorías culturales urbanas, divorciadas de la realidad económica que originalmente daba sentido a su existencia política.
A esa contradicción estructural se suma hoy una consecuencia decisiva: el surgimiento de una visión multipolar del sistema internacional. El agotamiento del orden globalista unipolar neoliberal sostenido por la hegemonía occidental y por la centralidad del capital financiero, abrió paso a un reequilibrio del poder mundial. El retorno de la soberanía no se expresa únicamente en clave interna, sino también en el plano geopolítico, mediante la afirmación de polos de poder alternativos que rechazan la subordinación a un centro único.
Polos de poder alternativos
Rusia, China, el eje euroasiático ampliado y diversas potencias regionales encarnan esta tendencia, no como un bloque ideológico homogéneo, sino como actores que reivindican autonomía estratégica, control de sus recursos y capacidad de decisión propia.
La multipolaridad, en este sentido, no es un ideal normativo, sino el resultado histórico directo de la contradicción entre un globalismo que pretendió universalizarse sin límites y unas soberanías que, al reaccionar, reconfiguran el equilibrio del sistema internacional.
Con la caída del Muro, el liberalismo se quedó sin enemigo real. Al no tener un adversario externo que lo limitara, se expandió hasta convertirse en un orden cerrado sobre sí mismo. La actual reacción soberanista no es una anomalía ni un “retroceso”, sino la consecuencia histórica de ese vacío: la respuesta inevitable a un sistema que, al proclamarse universal y definitivo, terminó negando la pluralidad real de pueblos, economías y destinos políticos.
mauricio.ramirez.nunez@gmail.com
Mauricio Ramírez Núñez es investigador, profesor de Relaciones Internacionales y analista de política internacional.