
El fracaso de esta administración –en términos de bienestar– se hace evidente en toda su crudeza: el precio de los medicamentos nunca bajó, la llamada “ruta del arroz” terminó siendo un engaño, se derogó la norma técnica del aborto que protegía a las mujeres, la criminalidad alcanzó niveles inéditos y la anunciada “ruta de la educación” simplemente nunca existió.
Creo no equivocarme, si asumo que es de dominio público que nuestro presidente es manipulador y controlador, carente de empatía, sufre de distorsiones cognitivas, es impulsivo, se aprovecha de los ignorantes, sigue patrones de hostilidad y de descontrol emocional, y le gusta aparecer como temible.
Asimismo, es de fácil constatación que desde el 8 de mayo de 2022, las condiciones anímicas y subjetivas de una parte de la sociedad costarricense han sido maceradas. Un tiempo en el que hemos estado bajo el asedio de una forma de dominación, que se estructura en torno a la desorientación y al enloquecimiento de la realidad.
Aun así, versar acerca de lo que ya todos conocemos es llover sobre mojado. Una nueva oportunidad precisa recrear las formas de diálogo y de construcción para retomar el hilo perdido de la democracia.
Habrá que reelaborar lo que permanece irresuelto entre los escombros y que es ignorado por el folclor de los continuistas y sus ritualismos vacíos. Es indiscutible que la incapacidad perceptiva para poder asumir las evidencias de la descomposición de la sociedad costarricense muestra el encierro en las propias burbujas y el desmantelamiento de la capacidad de pensar.
Sin embargo, no necesitamos comprender cuáles son las intenciones que movilizan al presidente y a sus partidarios. Ya no. Estamos en otro momento.
Quienes conformamos el padrón electoral debemos volver a orientar nuestras percepciones. Nos corresponde pensar y actuar sobre los desechos de esta administración, trazando una decisión responsable que no admite ningún tipo de tentación continuista.
Igualmente, nos encontramos frente al vértigo de no dejarnos atrapar por el abstencionismo y aceptar que este es una forma de cinismo. Recordemos que, para el cínico, la verdadera felicidad radica en la autosuficiencia, viviendo conforme con la naturaleza y no con las complicadas normas sociales.
El cínico quiere vivir libre de ataduras, evadiendo las responsabilidades, es decir, le hace frente a la vida de una manera superficial. Para justificar su indolencia, quienes se abstienen de votar, suelen apelar a dos argumentos habituales: que su voto no hace diferencia y que todos los políticos son iguales.
Para corregir todos estos males, nada mejor que los saltos de madurez y de coraje. Ya sabemos que a Costa Rica no la salva un/a presidente –debemos rechazar la invitación de cualquier/a candidato/a a practicar el totemismo, que cabe recordar es una práctica más cercana a los pueblos primitivos y salvajes, que a los clanes más evolucionados–; a Costa Rica la salvamos los ticos que nos negamos a caer en el cinismo.
Es evidente que este artículo no hace una revolución. También, es independiente de a quién le agrada y a quién no. Es como una botella lanzada al mar. Depende del deseo de que los votantes descubran que, para Costa Rica, el continuismo es un destino hacia ninguna parte y el abstencionismo, un estrago.
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Carolina Gölcher es psicóloga y psicoanalista.