
Por primera vez, la humanidad ha podido observar con claridad el lado oculto de la Luna. Siempre estuvo ahí, girando en silencio, fuera de nuestra vista. No era desconocido: simplemente no lo mirábamos.
Con la educación, ocurre algo parecido. Hablamos de aulas, de docentes, de estudiantes, de reformas. Nos movemos en ese lado iluminado donde el discurso es claro y las intenciones son nobles. Pero existe otro lado, menos visible, más incómodo. Un lado que conocemos, pero que rara vez habitamos con honestidad.
Cada cierto tiempo, el país se asoma a él. Informes, diagnósticos, titulares. Durante unos días, miramos de frente las debilidades del sistema educativo. Luego, regresamos a la normalidad. Como si observar fuera suficiente. Como si bastara con saber.
Pero ese lado oscuro no desaparece. Permanece.
Allí están los estudiantes que avanzan sin las herramientas necesarias para comprender el mundo. Los que llegan a los últimos años de secundaria con serias limitaciones en lectura, en matemática, en inglés o en el uso de la tecnología. No por falta de esfuerzo individual, sino por una suma de factores que se acumulan con el tiempo.
Allí también están muchos educadores que, a pesar de su vocación, enfrentan condiciones que no siempre favorecen la excelencia. Y junto a ellos, conviven realidades en que la exigencia se diluye y el sistema no logra corregirse a sí mismo con la fuerza necesaria.
El lado oscuro no es un lugar vacío. Está habitado. Lo habitan quienes no reciben lo que necesitan, pero también quienes, de distintas maneras, hemos aprendido a convivir con sus debilidades. Lo habitan prácticas que se repiten sin cuestionamiento, decisiones que se postergan, estándares que se diluyen con el tiempo y falta de liderazgo para hacer los cambios profundos y estructurales que urgen en el Ministerio de Educación Pública (MEP).
Y aquí empieza lo importante: este no es un problema de otros. La clase alta política y empresarial, así como los que con esfuerzo acceden a la educación privada en primaria y secundaria, deben ver a la educación pública como propia. No solo como contribuyentes que pagan impuestos, sino como ciudadanos que resguardan la educación de todo el país.
Porque el lado oscuro de la educación nos concierne. La pasividad de la sociedad en cuanto al manoseo político con nombramientos, manejos inadecuados de fondos de algunas juntas de educación, directores ocupados en temas administrativos y no en la calidad educativa, docentes sin vocación real para este sagrado trabajo y otros males de décadas que se hicieron costumbre.
No se explica solo desde el sistema. También nace en la sociedad. Durante años, hemos trasladado a la escuela responsabilidades que no le corresponden. La formación del carácter, la disciplina, el respeto y el autocontrol no comienzan en el aula. Cuando esas bases se debilitan, la escuela recibe más que estudiantes: recibe vacíos que ninguna asignatura puede llenar por sí sola.
La oscuridad no se impone de un día para otro. Se construye lentamente, a través de la inercia. Un sistema puede avanzar, graduar y certificar… y, al mismo tiempo, dejar de transformar. Puede seguir funcionando, sin necesariamente estar cumpliendo su propósito más profundo.
Pero aquí hay una buena noticia. Si esa oscuridad se ha construido con el tiempo, también puede comenzar a disiparse con decisiones sostenidas.
Y esa tarea no le pertenece a una persona, ni a un ministro, ni a un gobierno de turno. Le pertenece a un país. A familias que vuelven a asumir su papel formador. A docentes que, con vocación, siguen marcando diferencia en cada aula. A centros educativos que deciden elevar sus estándares. A ciudadanos que entienden que la educación no es un tema ajeno, sino el corazón del futuro colectivo.
No se trata de soluciones inmediatas ni de promesas grandilocuentes. Se trata de algo más profundo y más poderoso: una decisión compartida de hacer las cosas mejor, de exigir más, de sostener en el tiempo aquello que sí funciona.
Familia por familia. Escuela por escuela. Colegio por colegio. Porque iluminar la educación no es un acto espectacular. Es una suma de actos cotidianos bien hechos.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de mirar ese lado oscuro como una realidad lejana y empezar a habitarlo con responsabilidad. No para quedarnos en él, sino para transformarlo.
Porque ver el lado oscuro no es pesimismo. Es el primer paso para encender la luz.
Rafael Mora Goñi es educador.