
El inicio del curso lectivo 2026 nos encuentra ante una realidad imposible de ignorar: la inteligencia artificial (IA) ha irrumpido con una fuerza transformadora en todos los ámbitos de la vida, y la educación no es la excepción.
Frente a este fenómeno, emergen dos posiciones extremas: quienes la ven como una amenaza que debe prohibirse y quienes la celebran como una solución automática a los desafíos del sistema educativo. Sin embargo, el verdadero camino pedagógico no está en ninguno de esos polos, sino en la responsabilidad de educar para su uso consciente, crítico y ético.
Como señala Sigman Bilinkis en su libro Artificial, estamos viviendo un cambio de época: no se trata simplemente de una nueva herramienta, sino de una tecnología que redefine la manera en que pensamos, trabajamos y aprendemos.
La inteligencia artificial no es un accesorio; es un nuevo entorno cultural. Por eso, excluirla del aula no protege a los estudiantes: los deja desprovistos de orientación en un mundo donde estas herramientas serán inevitables.
El riesgo más grande no es la existencia de la IA, sino la ausencia de criterios educativos claros para integrarla. La historia demuestra que toda innovación tecnológica ha generado temores similares: ocurrió con la imprenta, con la calculadora, con Internet. El problema nunca ha sido la herramienta, sino el vacío pedagógico que deja su incorporación improvisada.
En mi propia experiencia como educador, el acercamiento a la inteligencia artificial generativa no estuvo exento de dudas y resistencias iniciales. Como ocurre con toda innovación, surgen prejuicios comprensibles: el temor a que sustituya el pensamiento, que empobrezca el aprendizaje o que se convierta en un atajo indebido. Sin embargo, al integrarla con acompañamiento pedagógico, he descubierto que puede funcionar como un apoyo similar al que ofrece un director de tesis: no reemplaza al estudiante, sino que orienta, provoca preguntas, ayuda a organizar ideas y fortalece procesos auténticos de reflexión.
Como advertía Jules Celma en Diario de un educastrador, la educación corre el riesgo de convertirse en domesticación cuando renuncia a formar sujetos críticos y libres. La IA, por tanto, no debe ser un instrumento de control ni de dependencia, sino una oportunidad para fortalecer procesos auténticos de pensamiento.
La institución donde laboro ha optado por una posición clara: la inteligencia artificial no se improvisa ni se prohíbe, se educa. Su integración institucional se fundamenta en un enfoque socioconstructivista, donde el aprendizaje se construye en interacción, con mediación docente, pensamiento crítico y evaluación formativa. La IA se incorpora como apoyo para investigar, organizar ideas, fortalecer la escritura y ampliar la capacidad reflexiva del estudiante, pero nunca como sustituto del esfuerzo personal.
Esta propuesta se articula además con un eje igualmente urgente: el emprendimiento. En un país que enfrenta lo que muchos han llamado un “apagón educativo”, necesitamos que la escuela vuelva a ser un espacio de creatividad, resolución de problemas reales y construcción de proyectos con sentido social. La inteligencia artificial, unida al emprendimiento, puede ayudar a los jóvenes a transformar ideas en soluciones y conocimiento en acción.
Naturalmente, esto exige repensar los procesos de evaluación. No podemos seguir evaluando como si el mundo no hubiera cambiado. La evaluación debe centrarse más en el proceso, en la argumentación, en la reflexión y en la autenticidad del pensamiento, no solo en el producto final. La IA obliga a la educación a recuperar su esencia: enseñar a pensar, no solo a repetir.
El debate actual no debe reducirse a la pregunta “¿es buena o mala la inteligencia artificial?”. La verdadera pregunta es: ¿seremos capaces de formar ciudadanos críticos, éticos y creativos en un mundo atravesado por estas tecnologías?
Educar hoy exige valentía para innovar y humildad para acompañar. La inteligencia artificial puede ser una amenaza si renunciamos a nuestra tarea pedagógica. Pero puede ser una fortaleza extraordinaria si la asumimos como lo que debe ser: una herramienta al servicio del ser humano, del aprendizaje y de la construcción de un futuro más justo.
El curso lectivo 2026 no puede iniciar mirando hacia otro lado. Es tiempo de integrar, orientar y educar con responsabilidad.
Otto Silesky Agüero es educador y presidente de la Fundación Omar Dengo.