
La cantante costarricense más universal de todos los tiempos, Chavela Vargas, vivió renegando por haber nacido aquí y, por eso, algunos nunca la perdonaron. Pero ella nunca buscó el perdón, porque en su alma siempre anidó el recuerdo del rechazo sufrido por ser de un mundo raro y no de este.
Chavela huyó cuando era una adolescente. Su país nunca le dio amor. Aquí, pocos la querían. Entonces, con una infancia y una adolescencia sin amor ni amparo, se autoexilió en México.
Lo que muy pocos saben es que ese fue su segundo exilio y eso me motiva a difundir esta noticia, casi exclusiva. Sí, recién nacida, Chavela fue llevada a El Salvador, su primer destierro.
El papá de Chavela, el teniente coronel Francisco Vargas, ocupaba en la administración del general Federico Tinoco el cargo de segundo comandante de la Penitenciaría. Ante la caída del régimen de los Tinoco, en 1919 –año en que nació Chavela–, el ejército, una entidad que el gobierno de Tinoco había fortalecido y que incluso contaba con una academia militar, se había desprestigiado. Don Francisco, además, había generado resentimientos de parte de enemigos políticos, quienes, en algún momento, habían terminado en la Penitenciaría.
Entonces surgió para don Francisco una oportunidad de trabajo en El Salvador, con las adineradas familias Dueñas y Regalado. Vargas emigró en agosto de 1919 y se llevó a sus hijos Álvaro, de dos años, y Chavela, de cuatro meses.
En San Joaquín de Flores quedó su esposa, Herminia Lizano, quien viajaría después a El Salvador cargando a otra hija, nacida aquí en ausencia de don Francisco; esta pequeña sería dada después en adopción a una familia salvadoreña.
En aquel país nacieron Rodrigo y Ofelia. Gracias a la ayuda generosa de aquellas familias salvadoreñas, don Francisco se asentó allá y llegó a prosperar económicamente.
Entre sus propiedades, tenía una casa en el barrio de la Soledad, que fue saqueada cuando la familia se marchó a El Salvador; otros terrenos en Guanacaste quedaron en custodia de su hermano Tomás Vargas. Con el tiempo, o fueron vendidos o se perdieron en extrañas transacciones.
De regreso en Costa Rica, Chavela fue una niña rechazada, condenada a tener una vida insignificante. Con gran amargura y mucha tristeza, su hermano Álvaro recordaba que cuando iban a la escuela, su hermana era rechazada por unos sí y por otros también, porque vestía como un hombre, fumaba y tocaba guitarra.
Entonces, abandonó la tierra que la parió y la despreció. “Me tocó nacer en Costa Rica, pero la vida de verdad la encontraría en México”, dijo en más de una ocasión y cuando le insistían en que había nacido aquí, respondía: “Los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana”.
Conocí a Chavela Vargas en Quepos, en la casa de su hermano Álvaro Vargas. Compartí con ella en dos ocasiones, en las Navidades de 1974 y de 1975.
En 1994, estuve muy cerca de ella, cuando decidió regresar al país y contó con el apoyo del presidente Rafael Ángel Calderón Fournier. El 17 de abril de 1994, Chavela celebró sus 75 años en mi casa; allí estuvieron Carlos Cortés, Arnoldo Mora, Pilar Norza, Johnny Mermelstein, Arnoldo Kierszenson y otros amigos; en esa ocasión, nos dio la noticia de que en los próximos días se estrenaría El bulevar de los sueños rotos, de Joaquín Sabina.
Unos días después, cuando parecía haberse reconciliado con Costa Rica, ofreció un concierto en el Teatro Nacional y otro en la Universidad de Costa Rica. Esas serían dos de las pocas veces en que sus compatriotas la aplaudieron.
El 20 de octubre de 2022, la Asamblea Legislativa la declaró benemérita de las Artes Patrias. Pero ella murió diez años antes, con las incurables heridas del desprecio y el desamor.
¿Quién pudiera reír como llora Chavela? Para cualquier ser humano, sin importar si es de aquí o es de allá, es muy duro haber sufrido dos destierros en la infancia y en la adolescencia y, tras de eso, haber sido rechazada.
Fue mexicana porque así lo quiso, fue artista, contra todo pronóstico, de su época y adelantada a su tiempo… silenció con sus gritos a una sociedad que la rechazó. Como dijo Sabina, a veces, todo lo que necesita una voz rota es que alguien la escuche de nuevo.
Ella ya no escucha. No está ni en el cielo ni en el infierno, no está ni arriba ni abajo. De existir algo más allá, estará en un sitio reservado para los más grandes, para quienes vencieron la injusticia, el destierro, el rechazo y el odio; para quienes lograron triunfar y sobresalir en un mundo raro, como ella.
Rogelio Benavides es periodista.