El desarrollo sostenible es un concepto que pretende guiar las políticas de desarrollo de un país hacia el aprovechamiento racional de sus recursos naturales, al mismo tiempo que protege y mejora la calidad de vida de sus habitantes presentes y futuros.
Cuando un proyecto con indudables impactos ambientales se presenta ante un país comprometido públicamente con el desarrollo sostenible, es de esperar, a estas alturas del siglo XXI, que tanto las autoridades encargadas del otorgamiento de permisos como la opinión pública y grupos interesados, filtren los costos y beneficios de este proyecto por el triple tamiz de la protección ambiental, el desarrollo social y el económico.
Sin embargo, el concepto de desarrollo sostenible se ha venido manejando en Costa Rica por académicos, juristas, políticos y público en general con un sesgo desproporcionado hacia su dimensión ambiental, desatendiendo de una manera irresponsable los temas sociales y de desarrollo económico.
Los impactos ambientales de proyectos y actividades, a menudo se sobredimensionan y se les da un carácter catastrofista que no ayuda en nada a tomar decisiones objetivas que guíen las políticas de desarrollo que afectan a las comunidades, principalmente en el área rural. El catastrofismo ecológico que con tanto éxito se ha aplicado en casos de relevancia internacional como Chernobil (1986), Exxon Valdez (1989) y ahora el calentamiento global, está siendo aplicado ahora, de manera indiscriminada y con poca imaginación, a todos los problemas ambientales de Costa Rica, como Crucitas, Sardinal y la autopista de Caldera, solo para mencionar los más recientes.
Campañas de miedo. Grupos de presión con intereses ideológicos más que ambientales, han montado campañas a escala nacional e internacional para llevar el temor a los vecinos de estos proyectos y hacerles creer que una catástrofe ecológica se cierne sobre sus cabezas y que las consecuencias de permitir la operación o construcción de estos proyectos, van a ser causa de destrucción y enfermedad para ellos y sus descendientes.
El nuestro es un país que se encamina hacia el desarrollo. Tenemos índices de salud y de educación muy superiores a los de muchos vecinos, pero nada de esto se ha alcanzado gratuitamente. Esto ha sido el fruto de los sacrificios de los costarricenses que por décadas han sabido tomar las mejores decisiones, basados en trabajo y sabiduría. Ya va siendo hora de que en Costa Rica se presenten argumentos más sofisticados y serios cuando hablamos de impactos ambientales y socioeconómicos de los proyectos de desarrollo.
No podemos darnos el lujo de seguir por el camino de la especulación y la difusión de mensajes catastrofistas que distorsionan la realidad y nublan la razón.