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Carrera de fondo

Una vida lograda no es una vida perfecta, pero sí una vida que ha sido amada, trabajada hasta el final

Grecia reúne a los mejores atletas y da origen a los juegos olímpicos. La carrera de velocidad fue la más antigua. Estas grandes competencias inspiran la era moderna. El pedagogo francés Pierre de Coubertin bajo el lema Citius, altius, fortius («Más rápido, más alto, más fuerte») procuró universalizar este deporte, y la Universidad de París fue su sede en el año 1894. Este humanista afirmó que el ejercicio físico constituía un elemento de gran valor en el desarrollo intelectual de los jóvenes.

Se dice que la existencia no es una carrera de velocidad, sino de resistencia. Resistir rápidos y profundos cambios en la vida requiere hacer ajustes y pausas en el camino. Rectificar el ritmo y el rumbo muchas veces. Afinar expectativas. Calibrar propósito.

Cuando se tiene clara la meta, las distancias no importan. Se superan. Técnica y práctica aportan velocidad, pero la ética aporta confianza. Importa jugar limpio porque la vida es una carrera de fondo.

En el trayecto existen males de altura, como la vanidad y el poder cuando no se convierte en servicio. También hay altura de miras: la conquista de nobles ideales que plantean grandes resoluciones.

La estatura de una persona no se mide por sus medios, sino por sus fines. Es frecuente confundirlos. Las apariencias engañan y el exceso suele dañar. Ambos entorpecen la carrera. No en vano los antiguos atletas competían desnudos, sin «pesos muertos».

Los líderes aceptan sus límites

Un recorrido no está exento de caídas. Cuando sobreviene una crisis, en ella se manifiesta el liderazgo. El liderazgo de los más fuertes. Los que se levantan, aceptan sus límites, se adaptan a ellos para continuar y no claudican en el esfuerzo, lo que hace atractivo lo valioso, pues no temen la exigencia de la excelencia.

La vida tiene puntos de partida, tiene búsquedas. También tiene reencuentros. Partir y regresar son dos grandes decisiones. A Ulises, el primer héroe de la literatura clásica, le tomó veinte años regresar a Ítaca, su punto de partida.

La guerra de Troya le roba diez años de su vida. Luego, emprende un deseado pero casi imposible retorno para estar junto a su esposa, Penélope, que lo espera mientras teje el tiempo.

Lo espera también un hijo, Telémaco, que admira la sombra de un padre que no conoce. La Odisea es la historia de un reencuentro con la propia identidad. Es otra carrera de fondo.

Proyecto abierto

El punto de partida viaja con nosotros. El punto de llegada nos espera. Una vida lograda no es una vida perfecta, pero sí una vida que ha sido amada, trabajada hasta el final. Una vida agradecida y compartida.

Somos un proyecto abierto. Nuestro destino no está escrito en ninguna parte. Lo forjamos nosotros mismos a golpe de libres elecciones. Lo conquistamos cada día. La mediocridad paraliza y acorta horizontes, empequeñece perspectivas y clausura posibilidades.

La vida es una carrera de fondo, no tanto de forma. Sus motores son el amor, el trabajo y el anhelo de trascendencia. Cada etapa es una oportunidad, una nueva ventana que abrimos y nos abraza con una luz distinta.

Se construye sobre sumas y restas porque no somos perfectos. La vida no deja de sorprendernos: cuando creemos que termina, nos daremos cuenta de que apenas está empezando. La carrera continúa…

hf@eecr.net

La autora es administradora de negocios.

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