
Mi suegro, Miguel Rojas Cervantes, era muy aficionado al tango. Prueba irrefutable es que, a una de sus hijas la bautizó con el nombre de Argentina. En los años 50 del siglo pasado, formó parte de un club de tango: un pequeño grupo de jóvenes que se reunían en casa de alguno de ellos a escuchar discos de acetato y a compartir lo que habían leído o escuchado sobre sus canciones e intérpretes. Por eso, en reuniones familiares, cuando el tema surgía, siempre tenía detalles para contar, pese a que jamás conoció Argentina.
Recordaba que el día que murió Gardel (24 de junio de 1935), tenía como 11 años y, en su escuela, a media mañana, la noticia corrió junto a la imagen de todas las maestras llorando desconsoladamente. Las clases se suspendieron y enviaron a todos a casa (¡a tal extremo había calado Gardel!).
En el año 2003, la Cámara Argentina de Fondos de Inversión nos facilitó una visita a Buenos Aires para concertar reuniones con entidades argentinas, e indagar sobre el funcionamiento de ese producto.
Terminada la agenda oficial, quedaba un día libre, y decidimos conocer la ciudad. Algunos sugerían ir a Caminito; otros, el Estadio Monumental y la Bombonera; otros, a puerto Madero o a Palermo. Como mi suegro me pidió visitar el cementerio la Chacarita y tomarle una foto al mausoleo de Gardel, discretamente le dije al presidente de nuestra asociación, que me excusaba en las primeras horas y que luego me uniría al grupo, donde estuvieren.
Como su idea era mantenernos como grupo en todo momento, le comentó al resto del curioso encargo y, por supuesto, se extrañaron de que pensara ir a un cementerio habiendo mejores lugares.
Dado que yo sostenía el compromiso adquirido, propuso a todos ir brevemente al camposanto y luego a otros destino. Algunos, no muy convencidos; otros, resignados, lo cierto es que todo el grupo terminó en la tumba de Gardel.
Durante el recorrido, y aun en el cementerio, me decían que era surrealismo: un grupo de ejecutivos viajan desde Costa Rica a visitar un cementerio en Buenos Aires, una mañana de primavera, llegando con casi 70 años de retraso al funeral del difunto. Uno bromeó con que era un dejá vu de infancia, de cuando miraba en la tele La familia Munster y los personajes iban de vacaciones al cementerio.
Al final, nos tomamos fotos con la estatua de Gardel, con el cigarrillo encendido entre los dedos, como dicta la tradición. Entre centenares de placas de todo el mundo, localizamos una que dice: “Carlos Gardel, El Zorzal Criollo, de sus admiradores de Costa Rica”.
Luego, un colega le dijo a otro: “Tomame una foto con Gardel para mandársela al suegro de Víctor”. Y otro añadió: “Víctor, si calculás el costo del tiempo en este camposanto al salario por hora que cada uno devenga, más los gastos del viaje, era más barato invitar a tu suegro con todo pago”.
Algunos reían: “Nadie en la oficina me creerá que vine a un cementerio en una radiante mañana bonaerense”. Y uno más agregó: “Esta fotografía convencerá a mi esposa de nuestra buena conducta, pues suele dudar de los motivos de nuestros viajes de trabajo”. Así como estos, muchos charrasquillos surgieron por la famosa visita al cementerio.
En junio pasado, Gardel cumplió 90 años de su deceso. Al revisar las fotos de aquella mañana del 2003, evoco el recuerdo del buen rato que pasamos al visitar el mausoleo de Gardel, y la satisfacción de mi suegro con las fotos y anécdotas que le llevé.
Al notar la alegría casi devocional con la que me preguntaba detalles, pensaba en lo mucho que él habría anhelado conocer la cuna del tango. A mí, por el resto de la vida, escuchar un tango me conectará de inmediato con su recuerdo.
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Víctor Chacón Rodríguez es director ejecutivo de la Cámara de Fondos de Inversión.