
Hay momentos en que las democracias no se derrumban de golpe. Simplemente, comienzan a acostumbrarse. Primero, al exceso. Luego, al insulto. Después, a la confrontación permanente. Y, finalmente, a la pérdida del respeto como norma cotidiana del ejercicio político.
Confieso que, hace muy pocas semanas, creí que algunos de mis consejos estaban siendo seguidos. Incluso me permití albergar una esperanza al observar las primeras acciones del Ejecutivo, muy en sintonía con lo expresado en mis artículos anteriores. Observé gestos que parecían orientarse hacia el diálogo, las reuniones, los acuerdos y ciertas iniciativas que, modestamente, algunos ciudadanos habíamos sugerido, desde la experiencia y la buena fe.
Pero la política –esa vieja maestra del desencanto– suele recordarnos que los estilos cambian más fácilmente que las conductas. Y abruptamente nos comenzaron a reaparecer viejos fantasmas ahora vestidos de Caperucita Roja. La confrontación como método, el tono innecesariamente agresivo, el desprecio hacia quienes piensan distinto y cierta peligrosa tentación de reducir la democracia al simple ejercicio numérico de las mayorías.
Naturalmente, ante la decisión de las grandes mayorías, hago una reverencia respetuosa… aunque no demasiado pronunciada, para evitar que se me termine de doblar la columna vertebral ni que mi camisa huela a Cofal. Porque sí: la democracia obliga a aceptar con humildad la voluntad popular. Y esta se dio de forma contundente. Pero también obliga –o debería obligar– a defender con firmeza los principios que sostienen el Estado de derecho y la convivencia republicana.
Y es precisamente ahí donde nace mi preocupación. La democracia no consiste únicamente en ganar elecciones. También exige respeto por la separación de poderes, prudencia institucional, tolerancia frente a la crítica y comprensión de que ningún gobernante, por amplio que sea su respaldo popular, puede colocarse por encima de los límites que impone la República.
La historia nos enseña que las democracias rara vez mueren de un solo golpe. Con frecuencia se erosionan lentamente, mientras las sociedades se acostumbran al insulto cotidiano, a la descalificación permanente y a la pérdida gradual del respeto institucional.
El ruido termina sustituyendo a la reflexión. Y las masas –seducidas muchas veces por la emoción inmediata–pueden llegar a olvidar que las instituciones democráticas fueron concebidas precisamente para proteger a los pueblos, incluso de sus propios entusiasmos pasajeros.
Voltaire comprendía perfectamente el peligro de las pasiones colectivas cuando no son acompañadas por pensamiento crítico, tolerancia y racionalidad.
La historia humana demuestra, una y otra vez, cuán fácil resulta para los pueblos dejarse seducir por las ofertas de cambio, especialmente en tiempos en que la moderación parece haber perdido su atractivo frente al espectáculo político.
Me preocupa profundamente que la confrontación haya dejado de escandalizarnos. Que el insulto nos parezca normal. Que la mala educación política se disfrace de abuelita y que el respeto republicano empiece a verse como el lobo feroz.
Las sociedades no se deterioran cuando pierden la capacidad de distinguir entre firmeza y agresión, entre liderazgo y autoritarismo, entre valentía y simple irrespeto. No escribo estas líneas desde el fanatismo ni desde la amargura. Por el contrario: las escribo desde la preocupación serena de un ciudadano que todavía cree que Costa Rica merece una democracia donde el respeto no sea considerado una reliquia del pasado.
Y precisamente porque respeto la decisión de las mayorías, deseo sinceramente que el rumbo escogido por el país resulte acertado. Ojalá quienes hoy depositan su confianza en este proyecto político nunca tengan motivos para arrepentirse en el futuro.
Del mismo modo, deseo de buena fe el éxito de la gestión de la señora presidenta. Porque, más allá de las diferencias, del tono político o de las preocupaciones legítimas que muchos podamos expresar, el bienestar de Costa Rica depende de que a nuestro país le vaya bien.
Al final, ninguna victoria política vale más que la tranquilidad, la paz, la estabilidad y la convivencia de una nación que ha sabido construir su democracia sobre el respeto y la sensatez.
jaime.feinzaig@icloud.com
Jaime Feinzaig es cirujano dentista y exembajador de Costa Rica en Italia.