Entre las múltiples estrategias políticas y militares se encuentra una en particular: la generación del caos. Ya sea una sensación falsa o un caos real, ambos tienen como fin provocar en las víctimas reacciones dirigidas por la desesperación, sin mucho raciocinio, tanto por la sensación de premura como por el alto grado de incertidumbre.
El objetivo es obtener beneficios del desorden y de la respuesta esperada. Esas reacciones dirigidas se fundamentan en la asociación inmediata del caos con el peligro, que metabólicamente nos pone como humanos en modo defensivo.
Un estratega, inicialmente, consideraría dónde crear el caos, preferiblemente en un aspecto de la vida social que la masa considera vital, por ejemplo: la seguridad.
Frente a la inseguridad, el instinto de supervivencia se activa. La fórmula es sencilla: la sensación de inseguridad causa una reacción defensiva inmediata.
Además de la seguridad, otras áreas de la vida suelen explotarse, como la alimentación (desabastecimiento), el aumento desmedido de los precios, la calidad educativa o la falta o deficiencia de servicios médicos.
Esto genera la tormenta perfecta para desatar el caos en todos los ámbitos de la vida. Creo que es fácil imaginar estas situaciones, porque algunas parecen tener esas características en nuestro país.
Una vez determinado dónde se quiere producir el caos, se busca el medio para lograrlo. Una forma son las acciones deliberadas de saboteo; otra, la simple inacción o permitir que la desatención dolosa origine el desorden.
Después del caos, viene la reacción esperada: la fase en la que se pretende sacar el mayor provecho de los actos desesperados, ojalá lo más irracionales posible. Ese efecto previsto requiere actos accesorios para que tome la dirección deseada, donde prima la comunicación.
En aspectos militares, se ha visto arrojar panfletos o alimentos desde aviones para influir en poblaciones enemigas. En política, se utiliza la desinformación y las noticias falsas. Al final, el propósito es manipular la reacción desesperada.
Al escribir este artículo, me encontré con uno similar de Ernesto Macías Tovar, titulado “La manipulación del caos”, publicado el 22 de marzo en el diario El Nuevo Siglo.
Según Macías Tovar, el caos político y social generado en Colombia está ligado a la intención del presidente de perpetuarse en el poder victimizándose.
Considero que hay muchos aspectos de la vida social de nuestro país que ya cayeron en el caos, mientras otros avanzan hacia esa dirección, entre ellos los servicios de salud, educación y seguridad.
Soluciones hay; la pregunta es si se quieren ejecutar. No hay excusas para no cumplir el deber de resolver los problemas. El “no me dejan” no funciona cuando ni siquiera se intenta. Sea por falta de financiamiento, desidia, desconocimiento o ausencia de iniciativas, estos problemas son preocupantes.
Mirando más allá del caos, existe la posibilidad de que la situación sea utilizada para fines políticos, manipulando a la población cuando se alcance un grado inmanejable de desesperación.
Quisiera pensar que ayudo a que, como sociedad, sepamos identificar estos patrones y detectemos cuándo el problema es aprovechado por unos pocos en perjuicio de muchos.
Hago también un llamamiento a los operarios de la institucionalidad para proteger un sistema que, por fuerte que sea, no es infalible, especialmente si está siendo debilitado.
adolfo.lizano@gmail.com
Adolfo Lizano González es abogado e ingeniero agrónomo.