
Este año, por estos días, se cumplen 21 años de la muerte de mi papá por cáncer. En ocasiones me visita el recuerdo del último doctor que vimos en el Calderón Guardia. Nos dijo que podíamos infiltrarlo de nuevo para reducir la inflamación alrededor de su cerebro, pero que, por el avanzado estado de la enfermedad y la debilidad general de su cuerpo, sufriría mucho más y los resultados durarían poco.
Murió en casa, pocos días después. Siempre que pienso en los cuidados que le brindamos, lo hago en paz, porque sé que los errores que pudimos cometer fueron, sobre todo, por desconocimiento o por la angustia de ver apagarse la vida de un hombre que, pese a lo imperfecto que fue, era amado y aún era joven. Lo enterramos a los 68 años.
Casi 20 años después, cuando me diagnosticaron un cáncer muy similar al suyo, pasé por los mismos pasillos y quizá hasta visité el mismo consultorio del Calderón Guardia donde aquel doctor se sinceró con nosotros. Mientras estuve internado, reviví momentos de su enfermedad, volví a escuchar muchas de nuestras conversaciones y me reí otra vez con sus ocurrencias, porque era un señor bromista.
En contraste con él, mi quimioterapia estaba funcionando; los doctores me lo decían y yo mismo lo sentía.
Por mi edad y mis buenos antecedentes de salud, recibía un tratamiento fuerte, cuyas consecuencias físicas aprendí a reconocer con el paso de las sesiones de quimioterapia para sobrellevarlas y, en cuanto pudiera, dar cara al viento otra vez. Al menos hasta la siguiente sesión. Y así comenzaba de nuevo el ciclo.
Durante todo ese tiempo pensaba muchas veces en mi papá. Sabía que, 20 años atrás, este tratamiento no habría sido posible para él. Quizá las mismas medicinas ni siquiera existían y el estadio de su cáncer era IV; el mío, II. Además, era mayor que yo: le diagnosticaron el cáncer casi a los 67 años; yo cumplí los 45 estando internado en el hospital.
De alguna forma, ser consciente de todo esto me hizo sentir que afrontaba dos luchas: la mía y la que él no tuvo mucho tiempo para dar. O, a lo mejor, él me acompañó en la mía y me ayudó a superarla.
El cáncer es una batalla en la que todo cuenta para ganar: la ciencia, la habilidad médica, el apego a las instrucciones de los especialistas y la etapa en que se efectúa el diagnóstico, pero también la actitud positiva y la perseverancia.
“Cada parte (mente y medicina) pone el 50 por ciento”, me advirtió un doctor el primer día de mi internamiento en el hospital.
Por eso, creo que hablar sobre el cáncer no es sinónimo de hablar de la muerte, sino de la vida, de nuestras historias y esperanzas, y también de nuestros temores y dolores. Es hablar de frente con uno mismo y también con familiares, amigos y gente seria; buscar fuentes de información creíbles, sin olvidarse de acudir al buen periodismo sobre este tema.
Es una conversación en la que la ciencia es necesaria para acallar mitos, creencias, falsas medicinas y falsos médicos, así como superficialidades y hasta religiones que ven la ciencia como enemiga, maligna o, tal vez, demasiado terrenal.
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Randall Cordero Sandí es periodista.