
El discurso pronunciado en Davos por el primer ministro de Canadá, Mark Carney, ha sido leído, con razón, como una señal de época. No tanto por lo que anuncia sobre el mundo, sino por lo que revela sobre cómo un país decide prepararse cuando el entorno internacional deja de ofrecer certezas.
El mensaje de Carney es profundamente político: el modelo sobre el cual se organizó el comercio, la inversión, la cooperación y coordinación internacional se ha debilitado, y seguir actuando como si nada hubiera cambiado es una forma de vulnerabilidad. Ese mensaje interpela directamente a Costa Rica.
Carney parte de una constatación incómoda: el sistema de acuerdos multilaterales, universales y con reglas supuestamente iguales para todos ya no opera como antes. No ha desaparecido, pero se aplica de forma selectiva, asimétrica y crecientemente instrumental y transaccional. Las grandes potencias permanecen dentro del sistema, pero utilizan comercio, regulación e interdependencia como herramientas de poder. Frente a ese escenario, Canadá no opta por la nostalgia ni por la denuncia retórica. Opta por prepararse.
Su respuesta es clara: avanzar hacia acuerdos entre iguales, no hegemónicos, con reglas claras para las partes; diversificar alianzas; reducir vulnerabilidades, y fortalecer capacidades internas. Pero ese giro externo se sostiene sobre algo menos visible y mucho más decisivo: acuerdos políticos internos, una mínima cohesión nacional y una noción compartida de interés estratégico. Es ahí donde el contraste con Costa Rica se vuelve inevitable.
¿Cómo puede un país enfrentar un entorno internacional más duro y transaccional si carece de una unión política básica, incluso en temas estratégicos? En Costa Rica, el problema no es solo la pluralidad, siempre saludable, sino la normalización de un clima antiinstitucional, donde las políticas de Estado se debilitan por conflictos permanentes entre actores públicos, discursos contradictorios y vetos cruzados.
Carney subraya la importancia de hablar con una sola voz hacia afuera. En Costa Rica ocurre lo contrario: ministerios que se contradicen públicamente, sectores del propio gobierno que socavan la política comercial y de inversión, una Cancillería desconectada de la estrategia productiva, un Ministerio de Agricultura enfrentado al Ministerio de Comercio Exterior, un Ministerio de Hacienda que coquetea con impuestos a las zonas francas y actores políticos incapaces de construir mínimos comunes incluso en asuntos estructurales y estratégicos para la política pública de Costa Rica. En ese contexto, la inserción internacional no solo pierde eficacia: pierde credibilidad.
El segundo punto central del discurso canadiense es la existencia de una misión nacional. Carney describe con claridad hacia dónde se dirige su país: qué sectores prioriza, qué vulnerabilidades busca reducir, qué alianzas quiere construir y qué capacidades internas está dispuesto a fortalecer. Esa claridad no elimina los conflictos políticos, pero los ordena alrededor de un rumbo compartido.
Costa Rica, en cambio, enfrenta la ausencia crónica de una estrategia de desarrollo socioeconómica. No hay una misión articuladora que conecte política exterior, política comercial, política productiva y política social. El país discute fragmentos: financiamiento universitario sin reforma educativa, asistencia social sin política de empleo, seguridad sin prevención, comercio sin productividad, atracción de inversión sin encadenamientos. El resultado es un Estado que administra urgencias, pero no construye dirección.
El tercer elemento del discurso de Carney, quizás el más incómodo para nuestra realidad, es el pragmatismo; no como renuncia a valores y principios, sino como capacidad de decidir, priorizar y actuar. Carney no idealiza el multilateralismo ni lo abandona; no demoniza la autonomía ni la absolutiza. Ajusta instrumentos según la realidad. Construye acuerdos donde funcionan. Cambia donde no. Actúa sin pedir permiso a un pasado que ya no garantiza resultados.
En Costa Rica, el pragmatismo escasea incluso dentro del propio Estado. Persisten bloqueos cruzados, disputas ideológicas estériles y una incapacidad estructural para resolver problemas conocidos: la crisis de la Caja, el colapso educativo, la inseguridad, la informalidad, la falta de encadenamientos productivos. Mientras tanto, el énfasis político se desplaza hacia la asistencia social como sustituto de una política de desarrollo, sin abordar las causas profundas de la exclusión.
El contraste es elocuente. Canadá entiende que, en un mundo más transaccional, la coherencia interna es poder externo. Costa Rica parece asumir que puede proyectar estabilidad y previsibilidad hacia afuera mientras gestiona división y parálisis hacia adentro. Esa ecuación ya no funciona.
Esa misión nacional debería traducirse en una articulación real entre política comercial, política de inversión y política exterior, usando de manera estratégica los espacios donde Costa Rica ya está sentada.
La Organización Mundial del Comercio debe seguir siendo defendida como ancla de previsibilidad para una economía abierta, pero con una participación más activa, selectiva y coalicional, orientada a preservar reglas útiles en un sistema fragmentado.
Al mismo tiempo, la membresía en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) debe dejar de verse como un logro reputacional y convertirse en una plataforma para anticipar estándares, alinear reformas internas y fortalecer la credibilidad regulatoria del país. Comercio, inversión y diplomacia no pueden seguir operando en carriles separados: deben integrarse en una estrategia única que conecte apertura externa con productividad interna, atracción de inversión con encadenamientos locales y presencia multilateral con objetivos concretos de desarrollo.
Este debate conecta directamente con el artículo publicado en La Nación sobre la necesidad de discutir un cambio de modelo. El mundo no está esperando a que Costa Rica resuelva sus dilemas internos. Las reglas siguen ahí, pero ya no protegen automáticamente a quienes no deciden. En este entorno, la mayor debilidad no es el tamaño ni la falta de poder duro; es la incapacidad de actuar como país.
El mensaje de Carney no es una receta importable. Es un espejo. Muestra que, antes de redefinir tratados, alianzas o estrategias externas, un país debe resolver algo más básico: unidad política mínima, misión nacional clara y pragmatismo operativo. Sin eso, no hay política exterior ni política comercial que aguante.
Costa Rica enfrenta hoy un desafío menos visible, pero más profundo que cualquier negociación internacional: decidir si puede reconstruir acuerdos internos suficientes para actuar con coherencia en un mundo que ya no premia la improvisación ni la división. Porque en un sistema internacional más duro, no basta con tener razón. Hay que tener dirección, cohesión y capacidad de decidir. Y decidir, hoy, es el verdadero acto de liderazgo que Costa Rica no puede seguir postergando.
Tomás F. Dueñas es exministro de Comercio Exterior y exembajador de Costa Rica en Washington y ante la Unión Europea.
Alejandro Patiño Cruz es consultor internacional y exrepresentante permanente adjunto de Costa Rica ante la OCDE.