
Las representaciones religiosas tienen la peculiaridad de reflejar de manera simbólica la percepción que los individuos tienen de sí mismos, ya que hacen referencia directa al sentido de la existencia. En ellas descubrimos también las estructuras de significado que se le dan a las relaciones sociales porque expresan lo que se espera de ellas: lo que es bueno, lo que es malo, lo deseable y lo prohibido. Sin embargo, no solo lo religioso, sino los discursos expresamente alternativos a sus representaciones pueden ser entendidos de la misma manera. En Occidente esto se puede aplicar, por tanto, a las manifestaciones decididamente antirreligiosas. Con todo, lo que aquí nos interesa comentar son dos fenómenos mediáticos contemporáneos que permiten entrever sentimientos particulares de los individuos de las sociedades actuales y que tienen relación con lo religioso.
Curioso mensaje. El primero de ellos es el mensaje que aparece en los buses de algunos países de Europa que afirman la no existencia de Dios. Lo curioso en este caso es que esa premisa va acompañada de una consecuencia práctica: disfrutar la vida. El mensaje es claro: creer en Dios implica no poder disfrutar la existencia. Aunque en los reportajes de la prensa se explica que el miedo a la condena después de la muerte hace que las personas se repriman y no puedan gozar de lo “prohibido” por la religión, se percibe una indolencia por la realidad que va más allá del goce del sujeto.
No afirmamos con ello que los ateos sean de por sí indolentes a la injusticia del mundo, pero la clara intención propagandística asume los mismos patrones de la publicidad comercial, ofreciendo una respuesta inmediata a un sentimiento de insatisfacción.
Ángeles. Hay otro fenómeno anejo a este, que permite una mejor compresión de lo dicho anteriormente. Nos referimos a algunos programas de televisión que explotan el tema de los ángeles. Su variedad es enorme porque releen las tradiciones apócrifas del judaísmo helenista de forma muy libre. Sin embargo, es precisamente esa característica lo que permite encontrar los criterios interpretativos de la realidad actual en la trama de sus historias. Por ejemplo, los conflictos entre ángeles y demonios prescinden totalmente de la intervención de Dios. Él se presenta como un referente lejano, inactivo y hasta cierto punto sádico.
Los ángeles de la luz luchan para Dios, pero sufren porque son limitados y la guerra tiene consecuencias directas sobre su propia psique. Ni qué decir del claro dualismo, que hace de la esperanza un sueño irrealizable, porque Dios mismo es incapaz de mejorar las cosas. O bien, en los programas más pesimistas, Dios se ha ido y ha dejado solos a los ángeles que infructuosamente tratan de hacerlo volver. Al igual que en el caso de la propaganda de los buses, nos damos cuenta de la existencia de un mensaje subyacente: se ha perdido confianza en la posibilidad de encontrar la bondad radical de forma gratuita. Nos viene a la mente la vieja sentencia de Nietzsche: Dios ha muerto; pero falta la apuesta por la fuerza de la voluntad individual.
Mundo sin esperanza. Al final, nos encontramos un mundo sin esperanza, donde los individuos luchan sin sentido, sin razón. Solo queda disfrutar lo que tenemos al alcance, aunque es fácil perderlo. En los programas de ángeles, las historias de amor imposible abundan y la muerte de los inmortales se hace posible. La decadencia de lo permanente e inmutable, así como la convicción profunda, capaz de enfrentar los más grandes obstáculos se desdibuja por la terrible frustración que genera hacer el bien. Al final de uno esos nuevos programas, el ángel protagonista, después de cumplir con su misión, se tira de un rascacielos precipitándose hacia el suelo, mientras que su voz nos narra el porqué: lo último que puede hacer un ángel es caer porque no tiene sentido volver al cielo.
Desde hace mucho tiempo nuestras sociedades perdieron el sentido de la esperanza. El afán por consumir, por obtener servicios que satisfagan nuestros deseos, sin una ponderación adecuada de estos, ocupa el lugar de las utopías sociales de antaño. Sin embargo, nos sentimos vacíos, sin objetivo ni rumbo. ¿Debemos, entonces, echarle la culpa a Dios o a los ideales políticos no realizados?
Ha sido nuestro egoísmo, alimentado por un sistema que lo usa para producir más ganancias, el causante de tanto odio e injusticia. La solución no se puede encontrar en hacerlo crecer, viviendo solo para nosotros mismos, porque caeríamos en el mismo ciclo vicioso. Solo cuando nos sintamos afectados por las necesidades de los otros, podremos recuperar el gusto por la esperanza y los deseos de transformar la realidad social, aunque para ello tengamos que sacrificarnos o negarnos de alguna manera.