La escritora española Irene Vallejo, en su libro Alguien habló de nosotros, ofrece una colección de hermosos textos breves en los que entrelaza su vasto conocimiento de la literatura clásica, la historia y la mitología con los comportamientos y supuestos de nuestra sociedad moderna.
En ocasiones, nos recuerda lecciones que no deberíamos olvidar; en otras, nos brinda una interpretación fresca de los caprichosos reveses del efímero paso de nuestra especie por la Tierra.
Uno de esos textos se titula “Borrachera de poder” y aborda el síndrome de hýbris, término griego que significa arrogancia y exceso.
Según Vallejo, los antiguos sostenían que los gobernantes se volvían peligrosos cuando les aterraba reconocer un error. La transformación de los políticos, causada por el éxito y los halagos de su círculo cercano, es descrita como una enfermedad profesional.
Vallejo cita a un neurólogo y exministro inglés que enumeró los síntomas del síndrome: alejamiento de la realidad, exceso de confianza, lenguaje mesiánico, la creencia de estar en la senda de la verdad y la convicción de que no deben rendir cuentas ante la opinión pública, sino solo ante la historia.

Este mal, conocido en lenguaje clínico como síndrome de hýbris, es descrito por Vallejo como un círculo trágico de poder, soberbia, ceguera, error fatal y caída, que la tragedia griega representó con frecuencia.
El político y neurólogo al que se refiere es lord David Owen, autor del libro En el poder y en la enfermedad, donde analiza la salud física y mental de varios políticos. Owen describe un acto de hýbris como “aquel en el que un personaje poderoso, hinchado de desmesurado orgullo y confianza en sí mismo, trataba a los demás con insolencia y desprecio”. Para los antiguos griegos, este comportamiento era una diversión para quien lo ejercía, pero una conducta deshonrosa, severamente censurada.
El síndrome de hýbris no es exclusivo de los políticos; también se manifiesta en otros líderes: en los negocios, las finanzas, el sacerdocio o la práctica militar.
Owen reconoce que la medicina aún no considera esta dañina conducta como una patología formal. Sin embargo, opina que podría formar parte de un espectro mayor que incluye el desorden narcisista de la personalidad, la megalomanía (delirios de grandeza) y la bipolaridad (afección del estado de ánimo que provoca cambios extremos).
En todos los casos, el freno al orgullo se pierde, y el comportamiento resulta similar a una embriaguez. Coincidirán conmigo en que cualquier forma de embriaguez no es, definitivamente, un estado mental saludable. No lo es para operar una máquina sencilla o conducir un vehículo, y mucho menos para dirigir el destino de una nación.
Por el contrario, la sobriedad implica buen juicio, libertad de autoengaño, moderación, prudencia, sensatez, seriedad, serenidad y sencillez. Estas virtudes han permitido la existencia de una Costa Rica ejemplar en muchos sentidos: convivencia pacífica, diálogo respetuoso y construcción colectiva de nuestro Estado social de derecho.
Imagino a los griegos haciéndonos un urgente llamado a desterrar a los personajes con el síndrome de hýbris y buscar liderazgos sobrios. Hay demasiado en juego y mucho que perder, pues como bien dice Irene Vallejo: “En la política de la ira, no hay victorias, solo grados de derrota”.
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Karla Chaves Brenes es comunicadora y emprendedora social.