
Cuenta C. Vagaggini, tal y como lo refiere G. Alberigo en su gran obra sobre el Concilio Vaticano II, que el secretario de algún cardenal le confió mediante una misiva personal que, pocos días antes de la fiesta de la Conversión de San Pablo de 1959, una invitación llegó a todos los purpurados residentes en Roma convidándolos a un acto en la basílica de San Pablo Extramuros. En esta nota se decía que se rogaba a todos los invitados a que asistieran, dado que el Papa hablaría “de cosas importantes”.
El cardenal aquel no asistió. Comentó que no se esperaba nada trascendental del Papa para aquella ocasión y, por tanto, no se hizo presente en la basílica de San Pablo. Ese día, el 25 de enero de 1959, Juan XXIII anunciaría la pronta convocatoria de un concilio. Nadie esperaba semejante anuncio, ni siquiera los que de alguna manera debían haberlo sabido o esperado, como por ejemplo, los personeros del Santo Oficio, conocido entonces como “la suprema Congregación” romana.
Aptitud al cambio. A la par de que procedía a convocar un sínodo diocesano para Roma, Juan XXIII habló aquel día de 1959, hace ya cincuenta años y a menos de tres meses de su pontificado, de una actualización en el vivir de la Iglesia, de un “aggiornamento” mediante la celebración de un solemne y universal concilio. Un concepto novedoso que, aplicado al vivir eclesial, invitaba a ir más allá del ideal de Iglesia-museo bien conservado para pasar a la idea del jardín por cuidar y cultivar con detalle y creatividad.
“' Aggiornamento, escribe Alberigo, ha sido comprendido como ‘reforma’, cuando quiere indicar más bien una disponibilidad y una aptitud al cambio, un compromiso global en vistas de una inculturación renovada de la revelación en las nuevas culturas”. Una verdadera e integral puesta al día de cara al mundo de hoy. Y todo a partir de una decisión personalísima de un pontífice que, elegido con perspectiva de ser solo papa de transición, había escrito en Diario de un alma que aquel anuncio había surgido en él como “resolución decidida” e iniciativa consciente y derivada de su condición de autoridad suprema en el marco de la vida eclesial.
Demasiado preocupada la humanidad de las tensiones de la guerra fría y muy ocupados muchos en la Iglesia en mantener la preocupante e ineficaz tranquilidad que se vivía dentro de ella en ese momento, el anuncio de Juan XXIII fue inesperado, imprevisto y sorprendente. Solo aquel papa anciano había visto claro lo oportuno del momento para la renovación. Dijo el 16 de abril de 1959: “Estamos entrando en un tiempo que podría llamarse de misión universal (...), es necesario hacer nuestra la recomendación de Jesús de saber distinguir los ‘signos de los tiempos’”.
Urgencia de Dios. Hünermann, citado por Csale Rolle, caracteriza a los “signos de los tiempos” de la siguiente manera: “Bajo ‘signo de los tiempos’ el Concilio Vaticano II ha señalado acontecimientos históricos o realidades en los cuales el Espíritu de Dios y sus obras resplandecen. El concilio ha exhortado a los cristianos a tomar en serio esos signos y a reconocer en ellos la presencia y llamado de Dios”. Yo me atrevería a agregar otra cosa: también acontecimientos o realidades que denoten urgencia de Dios y obliguen al cristiano no solo a reconocerlos, sino también a evitar ingenuidades que comprometen la posibilidad de que brillen los valores del Reino en este aquí y ahora histórico.
Hace ya cincuenta años de aquel gran e inesperado día de 1959. Un gran paso, sin duda, y sus ecos aún están resonando y lo harán durante mucho tiempo más. Aunque ello ocurrirá siempre y cuando todos los que admiramos la intuición de aquel sencillo hombre de Sotto il Monte pongamos de nuestra parte para que su visión no se agote ni se achique.