Siempre los tiranos se rodean de hombres y mujeres serviles y mediocres

 29 julio, 2017

Veinticinco siglos antes de Cristo, Sófocles escribió su tragedia Antígona, y Creonte era el tirano de Tebas. Polinices, hermano de Antígona, había participado en una rebelión contra el tirano. Este lo mató y lanzó su cuerpo al campo. Había ordenado su muerte, como escarmiento para quien intentara enterrarlo. Ella, desafiando el mandato, lo enterró y, decidida y valiente, se enfrentó a Creonte y le dijo: “No creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza para que un hombre pueda saltar por encima de las leyes escritas, inmutables, de los dioses, de esas leyes cuya vigencia no es de ayer, sino de siempre y nadie sabe cuándo aparecieron”.

Aristóteles llama a estas leyes derecho consuetudinario. O sea, relativo a las costumbres. Desgraciadamente, tendemos a olvidar la vigencia de la ley natural, aquella inmersa en el llamado derecho subjetivo (Cfr. Compendio de derecho natural, t. 1, de Miguel Sancho Izquierdo y Javier Hervada).

Los hombres de la antigua Grecia hablaban de esta ley natural, impresa en las personas; eran leyes de siempre que no coartan la libertad. A Antígona la denuncian ante Creonte porque siempre los tiranos se rodean de hombres y mujeres serviles y mediocres, quienes aprueban lo que haya que aprobar, sea cárcel o muerte.

Serviles. El tirano, complacido, les paga con privilegios y distinciones; estos serviles los recogen y se tornan en “ideólogos” incondicionales. Los otros subalternos –siempre subalternos expertos en maniobras y mentiras– elaboran directrices que, acogidas por el tirano, él las convierte en mandatos y creaciones inconmovibles y soberanos. A ella no le importaba desafiarlos, si el desafío es en defensa de leyes inmutables.

Comunicados los mandatos al país, todos los acólitos del Creonte, emocionados, frenéticos, aplauden, y este se siente gobernante cumplidor, poderoso, feliz de sus conquistas y dueño de una “democracia” digna de su reelección.

Esta mujer, valiente y desafiante, busca a su hermano Polinices por las calles de Venezuela. Pero Antígona no pierde la esperanza de encontrarlo.

El autor es abogado.