Muchas cosas se han olvidado, en lo humano, en lo moral, en lo cívico, en lo espiritual… Ha sido como un proceso de deshumanización, porque se quiere cambiar el amor a la vida por el amor a las cosas, el poder y el placer. Se ha cambiado el tono humano en las relaciones, reemplazado por la primacía del yo y sus cálculos e intereses. Con todo ello, y mucho más, se ha olvidado el “convencimiento absoluto de nuestro destino sobrenatural”. Y, por tanto, el origen del hombre, que para algunos viene al mundo por error o por falta de previsión, cuando es verdad que casi todos hemos nacido –como tantas cosas en la vida– porque no todo se planifica racionalmente, sino por otras causas, por otras “razones”.
El economista Adam Smith habla de una “mano invisible”. ¿La habrá? El hombre no es un ser absolutamente autónomo e independiente. Cuando pensamos que sí, huye la felicidad hacia la soledad y todo se complica y oscurece. Estamos tan metidos en nosotros mismos, que olvidamos que somos personas de relación, en cuyo sustrato o naturaleza nacen el amor y la comprensión, la generosidad y la solidaridad, la tolerancia y la amistad. Si no se incrementan y ahondan estas relaciones, la persona se empequeñece y la sociedad se aletarga, como le está sucediendo al país, cada vez más lleno de trámites y carente de espíritu de servicio. El mal no está en la Constitución y las leyes (Johnny Meoño , “Adónde ir: ¿dilema nacional?”, La Nación , 21/5/09). El mal está en el alma del costarricense.
No hay diálogo. En la Universidad, un profesor de Filosofía nos explicaba que el entendimiento se comprende hablándose; pero hoy, movidos por la “avidez de posesión y de mando”, no queremos hablarnos de estas cosas, ni queremos navegar en la hondura de nuestro ser: en nuestro origen, en nuestro destino superior, ni queremos asegurarnos la victoria de salirse de la nada y de respetar el orden de la naturaleza. Este orden no obedece al azar, sino a la inteligencia de su Creador. Sus manos han trazado varios caminos para llegar hasta Él y vivir mejor la vida. Un camino es su preferido. Su custodia ha sido confiada a la Iglesia Católica.
Anthony Flew, filósofo inglés contemporáneo, después de cincuenta años de defender vehementemente el ateísmo en varios libros, se convenció de la existencia de Dios gracias a la complejidad de la cadena de la vida humana y el ADN. El año decisivo fue el 2004. Afirmó en la Universidad de Nueva York: “Lo que creo que el ADN ha demostrado, debido a la increíble complejidad de los mecanismos que son necesarios para generar vida, es que tiene que haber una inteligencia superior en el funcionamiento unitario de elementos extraordinariamente diferentes entre sí” ( Aceprensa , España, abril, 2009). También manifestó que se sentía “especialmente impresionado por el testimonio del cristianismo”. No pensar en el “convencimiento absoluto de nuestro destino sobrenatural” es como negar la existencia del ADN y el misterio de la vida. Si da el paso, como tenemos que darlo todos, Anthony Flew se dará cuenta de la importancia esencial de aprovechar el tiempo, de objetivar la vida, de vivir de y para Dios, como si fuera –y lo es– la luz de la existencia, y para presentarse al final con una medida copiosa, colmada, rebosante.