
A veces, por accidente, alguien reconoce una forma, toma una foto y avisa. ¿Será un hueso o un tronco? ¿Un fósil o una pieza más del paisaje? La respuesta a esas preguntas representa una historia para quienes saben leer las señales.
Sobre un tramo del río Aguacaliente, en el valle de Orosi, el agua escurre como siempre. O tal vez un poco más. Los frentes fríos traen lluvia, como si no les importara el verano. El talud que está al lado de donde pronto se iniciará la excavación filtra agua sin descanso.
El 16 de enero llega el equipo convocado para explorar los restos de un mastodonte. Está liderado por la geóloga Joanna Méndez, del Museo Nacional. Hay geólogos, arqueólogos, biólogos y paleontólogos. Llegan con baldes, botas de hule, piquetas y el entusiasmo de quien está a punto de desenterrar un tesoro. Piensan, con demasiado optimismo, que estarán ahí unos pocos días.
Los geólogos leen la textura del sedimento y delimitan, con los arqueólogos, el área de excavación: un rectángulo de ocho metros cuadrados, que apenas alcanza para que cuatro personas trabajen simultáneamente. La arcilla cede, pero entre ella aparecen bloques de roca, no muy grandes, pero molestos: sacarlos toma tiempo y un movimiento equivocado podría dañar los huesos.
Los científicos protegen algunos con yeso, los numeran, fotografían y registran. Porque no basta con encontrar: importa cómo aparece cada pieza. En esa disposición precisa empieza a revelarse una historia.
Los huesos de un mastodonte Cuvieronius –bautizado como Pitan en honor al muchacho que lo encontró– dibujan una escena desplazada ligeramente de donde murió, hace unos 13.400 años. Quedaron sepultados en un pantano, entre fango, polen y restos de robles que hoy crecen en zonas más altas. Estas señales nos cuentan que ahí, durante la última glaciación, existió un bosque de un clima más frío que el actual.
En ese paisaje a la vez familiar y distinto, se movía un cuerpo de unas tres toneladas, con defensas –o colmillos– de más de dos metros, abriéndose paso entre las ramas y el barro. Pitan avanzaba por un terreno que ya no es el mismo. Y no fue el único.
Mil años antes, río abajo, vivió un perezoso gigante Eremoterium llamado Tobi. Fue nombrado así en honor a Tobías, el niño que ayudó a excavarlo en diciembre de 2024. Sus restos –de unos 14.400 años– se encontraron en sedimentos que hablan de un ambiente similar al de Pitan.
Tobi pesaba unas cinco toneladas y su cuerpo estaba cubierto de pelaje. Se movía despacio y usaba los árboles como apoyo para alimentarse de hojas, ramas tiernas y brotes. Era cientos de veces más pesado que un perezoso de hoy. Las dataciones confirman que Pitan y Tobi vivieron en momentos distintos, pero el fango permitió que sus huesos se conservaran, al mantenerlos aislados del oxígeno.
En el sitio de excavación, el presente insiste: la lluvia vuelve y el río crece. No se trata solo de avanzar, sino de adelantarse y salvar las piezas antes de que el agua lo borre todo. Durante veintitrés días, el equipo regresa al mismo punto, repitiendo gestos mínimos que sostienen una historia enorme.
Una de las piezas –un colmillo recién desenterrado y saturado de agua– pesa cerca de cien kilos. Sacarlo involucra a siete personas que avanzan unos 300 metros por el lecho del río, entre piedras que se mueven justo cuando uno preferiría que no lo hicieran. Van despacio, midiendo cada paso. Hay cansancio, pero también alegría y complicidad: la certeza de que cargan con algo más grande que ese esfuerzo.
Cuando llegan al Museo, los huesos se limpian, se estabilizan y se analizan. Son piezas únicas que, junto a los datos de campo, sirven para reconstruir un paisaje y entender este lugar cuando era unos cinco grados más frío. También permiten ubicar esas historias en relación con otros cambios –la llegada de los primeros humanos, las transformaciones del clima, la desaparición de la megafauna–. No lo explican todo, pero arman una parte del rompecabezas.
Pitan y Tobi se mueven hoy entre nuestros memes y redes sociales. Son nuestras nuevas mascotas. Las que llegaron cuando no las esperábamos. Ahora, la megafauna de La era de hielo también nos pertenece y nos representa. Todo comenzó con unas señales en el barro de un río de Orosi y unos científicos que han sabido leerlas. A ellos les debemos el regreso a un mundo fascinante que ya no existe. Uno habitado por gigantes que estaban aquí, antes que nosotros.
emma.tristan@icloud.com
Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.