
A la enfermedad de la enseñanza denominada "pedagogismo" la distinguen características externas e internas. Son externas, la verborrea, la fe en los métodos por encima del fondo, la creencia de que se puede formar sin instruir, con la consiguiente devaluación de la instrucción. La primacía de los conocimientos "prácticos y útiles para la vida cotidiana" sobre los académicos. El currículum integrado y adaptado a las "necesidades" regionales, y el imperialismo expansivo del sistema como supuesto agente de cambio social.
Son internas o no declaradas, el dirigismo estatal de estudiantes y docentes a quienes el poder burocrático señala minuciosamente lo que deben hacer. La creencia que el educando es un "pobrecito" mental, al que no se puede exigir excelencia o disciplina, ni responsabilidad por su libertad. La intención política de igualar a todos en la mediocridad mediante un techo a los conocimientos, y el dogmatismo del sistema, impermeable a los hechos y la realidad.
Con tal configuración pretende formar ciudadanos críticos, participativos, solidarios, creativos y conocedores de lo necesario, lo que obviamente así no puede lograr.
La verborrea es su lenguaje hinchado, oscuro y pedante, copiado de las ciencias económicas de mediados de siglo. Infesta todas sus actuaciones, porque no puede decir nada en sencillo. Lenguaje con el que trata de generalidades, por lo que nada dice, solo aparenta. Detrás no se oculta un saber para iniciados -lo que aparenta para amedrentar a extraños-- sino puro viento. La palabra es así degradada, de la luminosidad del logos, a mero camuflaje.
Por otra parte, el objeto de tal lenguaje es la educación, y no el objeto de esta, o sea, la enseñanza en sí misma, por lo que es sólo metalenguaje o lenguaje sobre el lenguaje. No hay por tanto tratamiento de lo medular, o sea, del cómo y con qué educar. En vez de eso, el discurso da vueltas y más vueltas sobre generalidades y sobre el "para qué", en forma retórica y vacía. Su lenguaje es por eso absurdo y contrario a la naturaleza misma de la educación, que por ser un proceso de comunicación, requiere mensajes directos y lo más claros posibles.
La creencia en los métodos por encima del fondo, parte del absurdo de que alguien puede dar lo que no tiene. El pedagogismo cree que se puede enseñar sin saber, a base sólo de técnicas, lo que lo conduce a descuidar gravemente la instrucción de los docentes en los saberes de fondo, y a generar una ignorancia generalizada.
El pedagogismo separa la instrucción de la formación. Esta última es el desarrollo armonioso de lo ético, estético y de la sensibilidad o sentimientos, o sea, de los valores, conjuntamente con el conocimiento. Pero el pedagogismo cree que eso se puede lograr a base de discursos y sin instrucción, y no, como es lo lógico y posible, como parte del proceso mismo de instrucción. Por eso descuida la instrucción, y al no lograr tampoco la formación, por lo dicho ni instruye ni forma.
La instrucción y la formación son procesos inseparables: se forma a través del proceso de instrucción y la formación se enseña. Tan sencilla verdad no ha podido ser entendida por el pedagogismo.
Lo más práctico no es lo de todos los días, sino el buen pensar que se aplica a todo, así como la adquisición de un conocimiento académico sólido, porque no hay nada más práctico que una buena teoría. Pero el buen pensar se logra sólo con el estudio a profundidad de disciplinas académicas "imprácticas" como la lógica, el lenguaje, las matemáticas, las ciencias. Al no entenderlo así, el pedagogismo sacrifica el buen pensar y la formación sólida, por la supuesta enseñanza "práctica", con lo que lanza a la vida a los estudiantes, inutilizados e impreparados para la vida "práctica", además de la vida académica y del mercado laboral.
Por currículum integrado entiende una dispersión de información que no forma ni instruye, sólo informa -sin comprensión- apenas el breve lapso que dura en olvidarse. Aunque es conveniente relacionar las materias y vincularlas a problemas y hechos del entorno, para aumentar su interés y la comprensión, no debe conducir, como sucede, a perder el desarrollo propio de cada disciplina, que es lo único que permite transmitir las estructuras de conocimiento propias de cada una. Sin la recreación de éstas en la mente del educando no es posible la comprensión duradera y la formación de los buenos hábitos de pensamiento.
El individuo, educando y educador, es solo un instrumento del Estado -y de la burocracia que lo dirige- y no tiene valor, iniciativa y responsabilidad propias. Tal concepción política subyace claramente las concepciones del pedagogismo. El individuo al servicio del Estado y no el Estado al servicio del individuo.
Tras el "pobrecito" se oculta también una concepción filosófica administrativa y equivocada del ser humano: al no tener valor propio, sino como administrado, debe ser dirigido y no se le puede exigir responsabilidad más allá de eso. El educando es la abstracción ideada por la burocracia, posiblemente a su imagen y semejanza". La autoestima no consiste, como es lo correcto, en el logro fundado en el esfuerzo personal, sino en un fuero de anarquía e impunidad.
La intención de igualar a todos en la mediocridad, es igualmente perniciosa: destruye el afán de superación, mata el instinto de aprender y elimina una de las fuentes fundamentales de la formación de valores.
Finalmente, el dogmatismo del sistema es un retorno a la irracionalidad y a la superstición.
De lo expuesto se aprecia claramente el carácter estructuralmente dañino del pedagogismo, pese a sus buenas intenciones y propósitos, los que no se ponen en duda. No bastan las buenas intenciones, porque de ellas está empedrado el camino del infierno. Una doctrina bien intencionada pero equivocada en sus medios y en sus concepciones fundamentales, es tan dañina como una conscientemente mala. Lo que importan son los resultados y estos condenan al pedagogismo como pernicioso factor que daña profundamente los recursos humanos del país, según lo hemos probado en los artículos anteriores.