El miércoles 23 de noviembre, los costarricenses fuimos espectadores del más escalofriante drama futbolístico que se recuerde en años. Si el siete representa para algunos pueblos el número de la plenitud, puedo decir, con probada certeza, que ese día fuimos sumergidos en el suplicio total.
Los dos partidos siguientes fueron, el primero, una medrosa reivindicación y, el segundo, un infructuoso estertor de entrega y pundonor. No obstante, persiste una pregunta: ¿Qué ocurrió para encajar siete goles en 90 minutos, inmersos en el estupor y la parálisis de nuestros jugadores?
La goleada se justificó con tres sorprendentes palabras, dichas por los deportistas, los directivos y el entrenador: “Fue un accidente”. No lo fue. Un accidente es un suceso no planeado y no deseado que provoca un daño, pero cuando los desaciertos se acumulan para producir un mal resultado el significado de daño súbito e imprevisible desaparece.
En este sentido, puedo mencionar algunos de ellos que culminaron en la catástrofe catarí. Ausencia de fogueos, jugadores y cuerpo técnico vestidos con el volátil traje del entusiasmo y no con sólidas y concretas estrategias en el campo de juego, irracionales expectativas y un malogrado juego amistoso contra Irak, cuyas consecuencias administrativas y anímicas para los deportistas deben ser analizadas.
¿Fue eso un accidente? Un accidente es que usted repentinamente tropiece en una acera y caiga al suelo sin haberlo planeado, y mucho menos anhelado. Si creemos en el incorrecto significado que los futbolistas y directivos dieron al concepto de accidente, entonces también podríamos decir que en la cancha más amplia del país ocurren varios cuya consumación se fue cebando durante años a fuerza de decisiones postergadas, liderazgos débiles o desordenadamente autoritarios, intereses comprometidos o simplemente mirando hacia el lado opuesto de una situación que ya se percibía peligrosa.
Sustentaré la idea con algunos ejemplos. El insospechado hackeo masivo en varias instituciones públicas fue causado por la soñolienta tardanza en la instalación de antivirus eficaces y actualizados cuando desde hacía un buen tiempo teníamos noticia de que los piratas informáticos merodeaban las mansas aguas nacionales.
Japdeva tuvo muchos años para corregir sus deficiencias y abusos antes de ser poco menos que sumergida tras la construcción de una moderna terminal portuaria que emergió como un sólido islote frente a sus propios ojos. No es un “accidente” su situación actual.
El oscuro asunto de la compra de mascarillas en el 2021 en la CCSS parece haber sido un hecho provocado por algo más laxo e interesado que el beneficio de proteger a la población nacional. Y la madre de todas las vergüenzas y “accidentes” es la casi cotidiana introducción de cocaína en los contenedores portuarios y la distinción internacional de ser los mayores exportadores de la droga a Europa.
En el devenir del país, hemos sufrido accidentes que han causado dolor y luto sin que el trágico suceso haya remordido de culpa nuestras conciencias. Es así que un terremoto jamás requerirá la fuerza de nuestras manos ni de nuestra voluntad para causar destrucción. Lo llaman fatalidad, porque se impone a la voluntad personal.
Pero cuando los sismos en la vida pública y en las instituciones se producen por la incapacidad de anticipar problemas, por la desidia de resolverlos o por la postura de brazos cruzados de muchos funcionarios, entonces, ya no somos víctimas de un accidente fatal: somos los ciegos actores públicos que viendo no somos capaces de distinguir (Séneca, Cartas a Lucilio).
Ojalá que la tardía promesa de instalar escáneres en los puertos y aeropuertos para escudriñar con agudos ojos de rayos X el contenido de los contenedores genere en las autoridades del país una inquisidora mirada a la calidad y prontitud de las decisiones que se deben tomar a fin de evitar ser goleados por tantos “accidentes” institucionales.
Si lo hacemos, no tendremos que llorar como país el río de lamentos en los que naufragamos como aficionados al fútbol el desventurado 23 de noviembre.
El autor es educador pensionado.
