Hace 116 años, el 4 de mayo de 1910, un sismo sacudió el país, especialmente a la muy noble y leal ciudad de Cartago. El terremoto de Santa Mónica –llamado así por el calendario litúrgico que entonces conmemoraba a la madre de san Agustín en esa fecha (hoy, 27 de agosto)– ocurrió alrededor de las 6:45 de la tarde.
A esa hora, los cartagineses solían reunirse a tomar chocolate antes de dormir y prepararse para la jornada siguiente. Muchas familias, sorprendidas en ese momento, murieron juntas en sus casas. Eran tiempos en los que aún había espacio para conversar y observarse sin distracciones.
El sismo fue fulminante: una catástrofe sin precedentes. La ciudad quedó destruida: templos, edificios, casas; incluso en el cementerio se reabrieron fosas y tumbas. No hubo familia sin pérdidas. La magnitud de la tragedia solo se comprendió al amanecer. Los fallecidos fueron tantos que hubo que recurrir a fosas comunes; las pérdidas parecían irreparables.
Aquel 1910 coincidió, como este año, con un cambio de gobierno. Don Cleto González Víquez, aún presidente, viajó a Cartago para observar el desastre pocos días antes de entregar el poder a un ilustre cartaginés: don Ricardo Jiménez Oreamuno, hijo de don Jesús Jiménez Zamora. Cartago era entonces tierra de grandes pensadores.
Ha pasado más de un siglo. Los cartagineses ya no enfrentan una tragedia de esa magnitud, pero cada época tiene sus propios desafíos. Hoy persisten problemas serios: el transporte hacia San José, con líneas de autobuses cuestionadas y trenes de horarios limitados; la saturada autopista Florencio del Castillo; las eternas obras en la Lima, con atrasos de más de ocho años, y la falta de un hospital adecuado, que agrava las listas de espera y el colapso del Hospital Max Peralta.
Los problemas del pasado se superaron: Cartago se levantó gracias a la tenacidad de su gente. Sin embargo, ese legado parece diluirse. La cuna del país está apaciguada, entre promesas que van y vienen. Surge entonces la pregunta: ¿qué pensarían hoy los sobrevivientes de 1910? Tal vez nuestros problemas son menores, pero parecen más difíciles de resolver.
El desafío, las amenazas y la necesidad de liderazgo siguen presentes. Hoy deberían resonar las palabras de Ricardo Jiménez tras el terremoto: “¡Cartago vive!”. Sus palabras fueron un llamado a la resiliencia y a la reconstrucción. Queda preguntarse si hoy Cartago vive o, a duras penas, solo sobrevive.
joaria04@gmail.com
Josué Arias Hernández es profesor de primaria.