
Costa Rica acaba de salir de un proceso electoral intenso. Quedan resultados, pero también quedan heridas, palabras dichas sin caridad, relaciones tensadas, familias que prefieren cambiar de tema para no discutir. Nada de esto es ajeno a quienes hemos vivido suficientes elecciones para saber que la democracia no termina en las urnas; continúa en la convivencia diaria.
Como católico, quiero proponer algo sencillo y profundamente cristiano. Vivamos la Cuaresma como un ayuno de confrontación política. No como evasión, sino como acto responsable de fe y ciudadanía.
Cada Miércoles de Ceniza, miles de costarricenses abarrotan los templos, hacen fila para recibir la cruz en la frente y buscan los confesionarios. No lo hacen por miedo, sino porque entienden –quizá mejor que muchos discursos– que la reconciliación es una necesidad humana y social. La Cuaresma no es huida del mundo; es una manera de mirarlo con mayor verdad.
San Óscar Arnulfo Romero, arzobispo salvadoreño asesinado por clamar paz para su pueblo, lo expresó con claridad: “Una Cuaresma bien vivida puede ser la salvación de nuestro pueblo”. Romero sabía que la conversión personal tiene consecuencias públicas; que el corazón reconciliado genera sociedades menos violentas.
También decía que “somos la luz que Cristo ha encendido en el mundo para iluminar las realidades de nuestro ambiente”. Hoy, esa luz pasa por el modo en que hablamos de política, por la forma en que tratamos al que piensa distinto, por la decisión consciente de no convertir al adversario en enemigo.
El amor vence siempre
San Juan Pablo II nos recordaba que “el amor vence siempre, aunque en ocasiones pueda parecernos incapaz”. Lo decía sin ingenuidad, sabiendo que el amor cristiano no es debilidad, sino fuerza que se niega a reproducir el odio.
El papa Francisco, con su lenguaje directo, nos confronta: “Dios no se cansa de perdonarnos; somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón”. Quizá, como país, nos hemos cansado de pedir perdón, de rectificar, de reconocer que a veces el tono, la burla o la descalificación también nos alejan del bien común.
Este no es un llamado a la neutralidad ni al silencio. Es un llamado a la coherencia cristiana. A recordar que no se puede comulgar con Cristo y despreciar al hermano en la discusión. A entender que la fe que no transforma la manera de hablar, de escuchar y de convivir se queda incompleta.
Bajemos el tono
Durante estos 40 días, bajemos el tono. Escuchemos más. Oremos por líderes que cuiden sus palabras y recuerden que su ejemplo educa al país entero. Y asumamos nuestra parte de responsabilidad en el clima que vivimos.
Que estas semanas sean un tiempo real de reconciliación; para que, más allá de banderas partidarias, una sola bandera vuelva a surcar el cielo costarricense: la azul, blanco y rojo, que se traduce en respeto, dignidad y esperanza compartida.
En estos 40 días, quizá el mayor desafío no sea ganar discusiones, sino atrevernos a abrir la puerta. Porque, como recuerda el Apocalipsis, “Cristo está a la puerta y llama”; no irrumpe ni grita. Espera. Y un país que se permite abrir –a la escucha, al respeto y a la reconciliación– todavía tiene futuro.
german.salas@dialoga.cr
Germán Salas M. es periodista.
