
Publicada en 1949, la novela 1984, de George Orwell, describe una sociedad sometida a un poder que no se conforma con gobernar las acciones de las personas, sino que pretende controlar su lenguaje, sus recuerdos y hasta su capacidad para distinguir la verdad de la mentira.
Orwell imaginó un Estado totalitario regido por el omnipresente Gran Hermano, en el cual la vigilancia, la propaganda y la manipulación de la historia permiten al poder imponer su propia versión de la realidad. No se trata solamente de prohibir la discrepancia, sino de conseguir que la ciudadanía termine dudando de lo que ve, recuerda y piensa.
Desde hace unos años, en Costa Rica algunas expresiones del actuar político nacional hacen inevitable recordar aquella obra. Costa Rica no vive bajo una dictadura ni puede compararse, sin caer en exageraciones, con la sociedad totalitaria descrita por Orwell.
Conservamos elecciones libres, división de poderes, prensa independiente, tribunales de justicia fuertes y una ciudadanía capaz de expresarse y exigir cuentas. Es por eso que debemos proteger esos valores antes de que el deterioro de la cultura democrática termine debilitándolos.
La vigencia de 1984 no se encuentra en una equivalencia literal, sino en las conductas políticas que Orwell supo identificar: la manipulación del lenguaje, la construcción de enemigos, la descalificación de las instituciones, el desprecio por los hechos y la pretensión de convertir la versión del poder en la única verdad aceptable.
En esa novela, el Ministerio de la Verdad se encarga de modificar los registros de la historia para que el pasado coincida siempre con el discurso oficial. Lo ocurrido deja de importar; lo único relevante es aquello que el poder afirma que ocurrió. Si los hechos contradicen el relato, se cambian, así de fácil: se niegan o se desacredita a quien los señala.
En la forma de hacer política actualmente, no hace falta destruir documentos para intentar reescribir la realidad. Basta repetir una afirmación hasta convertirla en consigna; reducir un problema complejo a una frase emocional; responsabilizar a otros de todos los fracasos y males que vive la sociedad, y presentar cualquier cuestionamiento como parte de una conspiración. La propaganda más efectiva no siempre es la que logra que todos crean una mentira, sino aquella que consigue que nadie sepa ya en qué creer.
Orwell llamó “neolengua” a la reducción y manipulación del lenguaje para limitar la capacidad de pensamiento. Cuando desaparecen las palabras necesarias para describir una injusticia, también se dificulta denunciarla.
En nuestra realidad, la neolengua aparece cuando la crítica se llama traición; la fiscalización, obstrucción; la independencia judicial, privilegio; la discrepancia, enemistad; el respeto a los límites constitucionales, debilidad, y la historia, tergiversación.
Las palabras dejan entonces de servir para comprender la realidad y comienzan a utilizarse para ocultarla. No se gobierna explicando, sino etiquetando. No se responde a los argumentos, sino que se descalifica a quien los formula.
Otro de los elementos centrales de 1984 es la necesidad de mantener a la población permanentemente enfrentada contra un enemigo. El poder requiere adversarios a quienes responsabilizar de sus errores y alrededor de los cuales movilizar la frustración ciudadana. Enemigos externos, enemigos internos y, sobre todo, enemigos suficientemente ambiguos para que puedan cambiar según las necesidades del momento, sin importar que ello conlleve alterar los hechos de la historia.
En una democracia, el juez que resuelve contra el gobierno no es un enemigo; el diputado que fiscaliza no es un conspirador; el periodista que pregunta no es un adversario del pueblo, y el ciudadano que protesta no es un traidor a la patria. Todos forman parte de un sistema diseñado para impedir que alguna persona o institución concentre un poder absoluto.
En tiempos recientes, el debate público costarricense ha estado marcado por una creciente personalización del poder y por una narrativa que divide al país entre quienes supuestamente representan al pueblo y quienes son presentados como obstáculos para su voluntad; esto es, entre buenos y malos, si se puede definir así. Esa simplificación puede producir réditos políticos inmediatos, pero resulta peligrosa para la convivencia democrática.
El pueblo no es una masa uniforme que habla mediante una sola voz. Está integrado por millones de ciudadanos diferentes, con derechos, opiniones e intereses igualmente legítimos. Ningún gobernante, por amplio que sea su respaldo electoral, puede atribuirse la representación exclusiva de la voluntad popular. Ganar una elección concede legitimidad para gobernar, pero no autoriza a ignorar los controles constitucionales.
La democracia no consiste únicamente en contar votos; también exige respetar límites, garantizar derechos, rendir cuentas y aceptar que el ejercicio del poder está sometido a la ley.
La gran paradoja de la novela 1984 es que fue escrita para advertirnos sobre un futuro totalitario y, preocupantemente, terminó convirtiéndose en una herramienta para reconocer comportamientos presentes. Orwell no pretendía formular una profecía inevitable. Quería mostrarnos hasta dónde puede llegar el poder cuando, como sociedad, renunciamos gradualmente al pensamiento crítico y aceptamos la mentira como método de gobierno.
Costa Rica posee una tradición democrática que merece ser defendida. Pero ninguna democracia está asegurada para siempre. Las instituciones pueden permanecer formalmente en pie mientras se debilitan el respeto, la tolerancia y la confianza que les dan sentido.
El autoritarismo no siempre comienza con la clausura del Parlamento o la supresión de las elecciones. A veces empieza con algo aparentemente menos grave: acostumbrarnos al insulto, celebrar la humillación del adversario, desconfiar de toda institución que limite al gobernante y aceptar que la verdad dependa de quien controla el micrófono.
La enseñanza de Orwell conserva una incómoda actualidad. Cuando el lenguaje político deja de explicar la realidad y comienza a deformarla, la libertad pierde terreno. Cuando la ciudadanía sustituye el análisis por la obediencia emocional, la democracia se vuelve vulnerable. Y cuando se necesita desacreditar sistemáticamente a jueces, diputados, periodistas y órganos de control para sostener un relato, el problema ya no es únicamente de estilo: encarna un riesgo más profundo.
Leer 1984 en la Costa Rica contemporánea no debe llevarnos al pesimismo, sino a la vigilancia democrática. Todavía contamos con instituciones capaces de contener los excesos del poder. Defenderlas no significa negar sus errores ni impedir sus reformas; significa comprender que reformar una institución es muy distinto que destruir su legitimidad.
La novela nos hace recordar que la libertad comienza por llamar a las cosas por su nombre, conservar la memoria y negarnos a aceptar que la verdad pueda ser decretada. Esa advertencia, escrita hace más de siete décadas, merece ser escuchada con profunda atención hoy en Costa Rica.
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Ferdinand von Herold Duarte es abogado.