
Son muchas las argumentaciones que se han hecho con respecto al modo de vivir la Política, y a si todavía esta forma de estructuración dentro del sistema democrático funciona o no. Desde los griegos, donde se sistematiza el concepto de polis , a nuestros días, la clase política, o el ser político, ha cambiado profundamente, de la mano de los necesarios cambios que promueve la misma organización de las sociedades.
Este cambio, para muchos, ha sido negativo y por lo tanto surge la necesidad de cuestionarse el papel del político ¿Sería mejor hablar entonces de un Administrador de los Bienes de un Estado, educado en una escuela especial para tal efecto, que nos asegure haber fortalecido la idea de que los bienes que el graduado llegará a administrar nunca llegarían a ser suyos, a cambio de excelentes salarios y prestigio dentro de su sociedad? De alguna manera esto también se ha puesto en práctica sin grandes cambios en los resultados. Las mismas tendencias al burocratismo, al tráfico de influencias, al protagonismo desbocado y a la corrupción aparecen al poco tiempo. ¿Quiénes pueden salvarse de los vicios humanos? ¿Los hijos educados con normas muy claras? ¿Los que nacen con la inteligencia emocional a tope y son capaces de ganar las negociaciones más arduas? ¿Los que saben apreciar el criterio de oportunidad? ¿Los que proyectan una imagen casi evangélica de santidad y rectitud? Porque no solo en los Estados Unidos los evangelios han llegado a adquirir una poderosa fuerza política.
El fenómeno es mundial, ya que la emergente y renovada teocracia aporta a las sociedades lo que los sistemas políticos han dejado de darles desde hace años.
Protagonismo espiritual. El concepto de “Poder de transformación para una vida mejor, el de sacrificio personal a cambio del bien común, de restauración de la moral buena y verdadera sobre la caótica y demoníaca de la sociedad”, moviliza a las gentes de inmediato, aportándoles el poder, el protagonismo espiritual, perdido entre el concepto de “masa, número de estadística y ciudadano anónimo”.
Cuando escuchamos la frase: “Yo no tengo nada, solo administro las cosas de Dios”, quisiéramos creer que fuera verdad, y que si un político también dijera: “Yo, yo no tengo nada, solo administro las cosas del Estado”, le creyéramos con la misma fuerza que la intención religiosa, delegado el poder en sus símbolos históricos, le reviste a la primera expresión.
Cómo no desear, en medio del desgaste de valores, que el poder divino, encarnado o reencarnado en ciertas personas “elegidas” sea el que guíe los destinos de nuestros pueblos, asegurándonos, con base en sus propios votos personales, el carácter incorruptible de sus acciones y decisiones, a favor de todos los ciudadanos. No es casual que resurjan en la actualidad las más antiguas órdenes de castas y agrupaciones iniciáticas, tampoco que los políticos hablen con las citas de los versículos en la boca, mientras apretan la Biblia contra el pecho, o que la realeza europea esté tratando de que su rating suba y que dentro de la Iglesia católica aparezcan Los Heraldos del Evangelio.
Desde Platón. El mismo Platón, al conceptuar a sus políticos, lo hizo dentro de un sistema de castas, donde ciertos atributos eran dados a cada uno de los integrantes de las diferentes castas. ¿Cuáles eran los atributos de los políticos? ¿Eran más morales que administrativos? Lo cierto es que no eran precisamente los que tenían contacto con la verdad última, más allá de las sombras de la cueva a la que nos tenía sometida nuestra precaria percepción humana. Más cerca andaban los artistas y los poetas de esta verdad.
La casta de los homo vivazos, como eslabón entre los ciudadanos y el gobierno se acerca a su fin, si no se toman las medidas de formación pertinentes. De lo contrario, cada día parecerá que les pagan por exhibir lo mejor de las imperfecciones humanas en público, dejando la puerta abierta a posibilidades inimaginables, por inasibles, en sus propios contratos sociales.
Porque, por ejemplo: ¿cómo el reino de este mundo puede contratar los servicios por cuatro años del reino celestial? o, más aún, ¿cómo se contrata con Dios para que los absolutos administren lo corruptible?