Se dice con frecuencia que, en tiempos de la guerra fría, la participación del mundo en dos simplificaba los problemas y constituía un factor de estabilidad. La caída de la Unión Soviética nos ha sumergido en un caos tanto más lamentable cuanto Norteamérica se ha convertido en la única superpotencia.
Idealizar el mundo bipolar de antaño como estable y tranquilizante indica una autosugestión alucinante. ¡Aquel mundo, en efecto, apacible de la represión en Hungría, en Polonia y en Checoslovaquia, del muro de Berlín y de la crisis de los cohetes en Cuba; de las guerras civiles en América Central o en Etiopía y en Angola con soldados cubanos de refuerzo; de la revolución cultural china, de la guerra de Vietnam y del genocidio en Cambodia; del despliegue de euromisiles en la República Democrática Alemana (RDA) y de la invasión a Afganistán! Un verdadero paraíso terrestre...
La disolución del imperio soviético ha liberado los nacionalismos y los odios interétnicos. Esto es exacto. Pero, en primer lugar, las aversiones interétnicas puras también castigaban antes de 1990. Por ejemplo, entre tutsis y hutus, ya en 1972, en Burundi, donde fueron masacrados centenares de miles de víctimas. Por otra parte, la reducción totalitaria de las nacionalidades por los soviéticos, o por Tito en Yugoslavia, no liquidaba mejor el problema, como la represión china actual no arregla el del Tíbet. Es como si se alegara que con el apartheid la situación surafricana estaba más en orden en los tiempos en que este regía allí.
Descartemos, entonces, esas nostalgias sospechosas, porque, como ha dicho el antiguo embajador de Estados Unidos en el CSCE, John Maresca: "El fin de la guerra fría también está acabado". El mundo actual es un regreso a las realidades. El pretendido "orden" de antaño perjudicaba, por ejemplo, a los países pobres, porque transformaba las ayudas y la remesas de dietas en subvenciones clientelistas destinadas a recompensar la fidelidad a un campo o al otro. En lugar de invertir en el desarrollo, el dinero se iba en gran parte a los bolsillos de los dirigentes. Los países donantes cerraban los ojos, conscientes de pagar el precio de su influencia política.
Esto que llaman la complejidad de nuestro mundo es un retorno a una política donde cada situación debe ser encarada en su especificidad. Esta obligación repugna sin duda a los espíritus habituados a las interpretaciones encasilladas y preestablecidas. De esta manera, y a pesar de este despertar de los nacionalismos, nuestra época es la de su disolución, con la muestra del multiculturalismo y la afirmación creciente de los derechos de las minorías frecuentemente demasiado concentrados o fluidos para jamás dar nacimiento a estados viables. El postcomunismo determina las evoluciones diferentes según los países. En tanto la transición polaca, checa o húngara hacia el capitalismo democrático se efectúa aparentemente bien, Rusia parece regresar hacia una especie de autoritarismo anárquico y de economía mafiosa. El comunismo de mercado al cual se aferra una China cada vez más y más comerciante y más y más represiva engendrará evidentemente crisis de un tipo inédito. El terrorismo internacional de Estado se ha convertido en autónomo. No hace más que desestabilizar países en vías de desarrollo y países desarrollados. El no puede ser combatido dentro del marco nacional y pide una respuesta internacional. Francia ha rehusado asociarse, preconizando su "diálogo crítico", es decir, rehusando actuar, lo cual ha sido un fiasco.
En cuanto a la superpotencia americana, ella es un hecho. Europa no puede contrabalancearla a menos que se erija en un poder equiparable. Y eso no se logra con quejas mojigas sobre una identidad hipersensible lo mismo cuando Norteamérica interviene en una situación que cuando no interviene.
(Firmas Press)