
Con gentil prontitud llegó a mi escritorio y es un análisis -histórico, político; psiquiátrico, mejor- de ese intelectual de amplia trayectoria universitaria -pero en décadas de antaño- que, con cierta sonrisa burlona y voz pausada en la cual se advierte un noble sentimiento de conmiseración, a algunos nos denomina despectivamente neoliberales, liberales fundamentalistas, capitalistas.
Plinio Apuleyo Mendoza, descendiente directo de la verdadera y gran Colombia es periodista amenazado de muerte por el narcotráfico y escritor premiado por la editorial Plaza & Janés por su novela Años de fuga. Todos hemos leído su entrevista a García Marquéz, El olor de la guayaba. Sonriente e irónico, lo recuerdo comentando sus traviesas aventuras de fuerte denuncia en los diarios de su tierra. Alvaro Vargas Llosa, con varias causas penales pendientes en el Perú por el delito de "traición a la Patria" -¡casi nada!- sencillamente por denunciar una guerra estúpida, es hijo del gran escritor Mario Vargas Llosa -quien prologa-, posiblemente el peor delito en ese bello país. A Carlos Alberto Montaner lo conocemos todos: cubano que anhela la libertad de su isla, canta en todos los periódicos del mundo -¡va pensiero ...!- el coro de los exilados de la ópera NABUCO de Verdi en defensa de la libertad. Páginas brillantes analizan con risa frecuente los tontos desvaríos de Felipe González, Carlos Andrés Pérez, el PRI y sus émulos de esta tierra, recopilando pacientemente la retórica de los socialistas en su Index purgatorius, diccionario de citas memorables de los gurús latinoamericanos de la bétise de los franceses: Raúl Alfonsín, Amnistía Internacional, Fernando Belaunde Terry, Rafael Caldera, Cuauhtémoc Cárdenas, Carlos Fuentes, Alan García Pérez, Ernesto Che Guevara, Víctor Raúl Haya de la Torre, el APRA, Diego Armando Maradona, Pablo Milanés, Ernesto Samper, Evita y Juan Domingo, y la bellísima y sublime Constitución colombiana: ' "La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento."
Es -en la mejor tradición- un panfleto digno de Pascal y Voltaire, beligerante y polémico buscando la confrontación intelectual. Al fin hubo alguien que se atrevió a repintar las tintas, buscar camorra ideológica y a no mecerse en la cómoda hamaca del diálogo, la concertación; no hagamos nada salvo ofrecer bellas promesas. Y lo que algunos dicen que es malo, si sirve para la caza de votos, digamos que es pésimo, aunque ignoremos sus planteamientos. Y desfila la biblia del perfecto idiota latinoamericano, los remedios que matan -alza en los salarios, pensiones, bonificaciones, sueldos adicionales con emisión inorgánica-, el fusil y la sotana, ¡qué linda es mi bandera!, el lobo feroz, y los diez peores libros encabezados por La historia me absolverá, de Fidel Castro; ¿Revolución dentro de la Revolución?, de Régis Debray, obviamente El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse, la vulgata marxista de Marta Harnecker, y otros que mejor investigue la curiosidad e inquietud del lector inteligente.
Es libro profundo y serio, de esmerada y cuidadosa lectura con inevitables anotaciones marginales del anecdotario nacional. Me emocionó la dedicatoria a Carlos Rangel y a Jean Francois Revel, cada uno a su lado del Atlántico combatiendo la idiotez política.
El objetivo esencial es despertar al común lector latinoamericano, aquel que no lee de izquierda a derecha -como los occidentales-, ni de derecha a izquierda, como los orientales. Inusitadamente lee de izquierda a izquierda, y por eso -cosecha mía- solo se le desarrolló el lóbulo izquierdo.