De las notas firmadas por el cuestionado exdiplomático Felix Przedborski me sorprende su fluida redacción, al provenir de alguien que fue embajador costarricense sin saber hablar español. Agradezco el artículo del escribiente de Przedborski, titulado “Mauricio Herrera y la verdad”, pues me permite corregir las tergiversaciones con las que de nuevo intenta engañar a los costarricenses.
El escriba fundamenta sus falsedades en una errónea sentencia por la que este país afronta su primera acusación ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Por ese fallo judicial, repleto de errores e inconsistencias, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos demandó al Estado, al concluir que Costa Rica violó la libertad de expresión; pero quien escribe a nombre de Przedborski además falta a la verdad en forma grosera.
Primera mentira. El escriba de Przedborski dice que los jueces del tribunal penal establecieron que reproduje partes de un artículo belga, de abril de 1995, que contenía imprecisiones acerca del expresidente Luis Alberto Monge. ¡Falso! Nunca reproduje ni una palabra de esa información y la sentencia tampoco lo estableció así. De hecho, tal artículo (uno de los 23 publicados en Bélgica acerca de Przedborski, en cuatro periódicos) nunca fue demandado en Bélgica ni reproducido en Costa Rica. Przedborski solo se querelló contra cuatro informaciones de un periódico.
Segunda mentira. Afirma que repito elementos cuya falsedad fue establecida por los tribunales costarricenses. ¡Falso!
Por ejemplo, los jueces objetaron la credibilidad de un informe confidencial del gobierno francés –acerca de polémicas actividades de Przedborski– porque tenía un error ortográfico. En una parte de la sentencia (pág. 280), los jueces sostienen que ese documento contiene los hechos que fundamentan las publicaciones europeas en las que me basé. Sin embargo, desacreditan al informe confidencial porque registra que Przedborski es de nacionalidad costarriqueña (costaricaine) y no costarricense (costaricien).
De nada sirvió que Przedborski reconociera la existencia del documento francés ni que yo aportara el Diccionario de la Real Academia Española en que consta el vocablo costarriqueño, diccionarios franceses y una certificación de la embajada de Francia según la cual, en su nomenclatura diplomática, el gentilicio para los habitantes de Costa Rica es costaricaine y no costaricien. Es decir, tal error ortográfico solo existió para el tribunal.
Tercera mentira. El secretario de Przedborski considera falsa mi afirmación de que los jueces y magistrados decidieron que los ciudadanos de este país no pueden conocer información del extranjero que cuestione a funcionarios públicos. De nuevo falta a la verdad.
En la sentencia de casación, los magistrados de la Sala Tercera aseveraron: “Es claro que si se reproducen los pensamientos básicos (atribución de hechos, los vínculos con determinadas personas, sucesos o escándalos de índole política o económica), se incurre en el delito de publicación de ofensas. Ni la cita del documento (oficial o privado), ni la referencia a un determinado periódico o revista, elimina el injusto o justifica el ilícito, por el contrario, confirma la reproducción”.
En otras palabras, los magistrados sentenciaron que, si se reproduce una denuncia acerca de un funcionario público se comete un delito, y, si se le fundamenta con pruebas, lo único que se logra es confirmar el acto ilícito. Así la única posibilidad que le queda a la prensa es no publicar. ¿No es eso censura?
Podría contar muchas curiosidades más ocurridas en los juicios (como cuando Przedborski negó haber escrito las notas que él aparecía firmando en La Nación), pero esperaré a que su empleado me dé otra oportunidad para responderle.
Del artículo del 17 de junio firmado por el cuestionado exdiplomático, agradezco el título. Yo prefiero buscar la compañía de la verdad; Przedborski…, la de su escriba.