13 abril, 2007

El cristianismo, desde los primeros siglos de existencia, ha estado indisolublemente unido a la educación. Junto a la evangelización, llegó la enseñanza de las primeras letras; incluso, en algunos pueblos fue necesario crear alfabetos para traducir las Escrituras, como hicieron en el siglo IV el obispo Ulfila, para los godos, y en el IX los santos Cirilo y Metodio para evangelizar a los pueblos eslavos.

El cristianismo se transmite por el conocimiento y prédica de la Palabra, por eso le son inseparables la alfabetización y la formación de los pueblos; además, el desarrollo pleno de las personas es imposible sin una adecuada educación, como nos recuerda elCompendio de Doctrina Social de la Iglesia : “El compromiso por la educación y la formación de la persona constituye, en todo momento, la primera solicitud de la acción social de los cristianos”.

Desde la fe. En los orígenes de Costa Rica, mucho antes que el Estado asumiera plenamente sus funciones en ese ámbito, la educación fue tarea de las primeras misiones de la Iglesia. Desde la fe se formaron los valores esenciales de nuestra identidad. Antes de las escuelas estatales, los misioneros fueron los que enseñaron y, cuando hubo escuelas, el primer maestro fue un sacerdote. El primer educador de la primera escuela en Costa Rica fue el padre Diego de Aguilar, quien de 1594 al 1623 dirigió una escuela elemental en Cartago. En Heredia, monseñor Morel de la Santa Cruz fundó la primera escuela en 1751 y el primer maestro fue el padre Juan Bautista Pérez de Coto.

Fue hasta inicios del siglo XIX que los cabildos empezaron formalmente a interesarse y tomar acciones dirigidas a que los niños tuviesen acceso a las primeras letras. En 1814, el Ayuntamiento de San José funda la Casa de Enseñanza de Santo Tomás, antecedente directo de la primera universidad del país, que llevó ese nombre; el primer rector de la Casa fue el padre Manuel Alvarado y el segundo el padre José María Esquivel.

Más recientemente, en las segunda mitad del siglo XX, se establecieron centros de educación dirigidos por órdenes religiosas tales como franciscanos, claretianos, escolapios y redentoristas, entre otros, que junto con el Estado costarricense y los padres de familia han constituido un sistema de educación solidario que, con el aporte tripartito indicado, multiplica el aprovechamiento de los recursos públicos, al tiempo que se logra la excelencia académica deseable para el resto del sistema educativo.

Principios y valores. Estos centros de educación, que en la mayoría atienden a los niños desde la educación preescolar, cubren un sector de la población que hace un pago moderado por la educación de sus hijos y que, unido al pago de docentes por parte del Estado y al aporte de infraestructura, dirección y espiritualidad de las órdenes religiosas, logran mantener instituciones educativas de excelente rendimiento, que brindan no solo una sólida formación académica sino que, además, transmiten principios y valores. Dentro de esta visión, la educación se orienta a la “formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las sociedades, de las que el hombre es miembro y en cuyas responsabilidades participará cuando llegue a ser adulto” (Concilio Vaticano II, Decl. Gravissimum educationis, 1: AAS 58).

Por supuesto que este modelo solidario de educación, pese a su evidente éxito, siempre podrá mejorarse, como toda obra humana, pero ello no debe llevar a desconocer la insustituible función que estos centros de formación, no solo de aprendizaje académico, cumplen en casi todas las regiones del país. En momentos cuando el país requiere uso más eficiente de los recursos públicos y mayor solidaridad de los ciudadanos hacia los objetivos del desarrollo y bienestar nacionales, parecería un retroceso que se quiera, bajo la apariencia de una nueva reglamentación, desestabilizar el modelo educativo que los ha inspirado, desconocer su trayectoria y el invaluable servicio que brindan a la sociedad.