En el análisis de fenómenos socioeconómicos abundan, desdichadamente, las falacias. Para el lector desatento, estas pasarán inadvertidas; el problema es que en el proceso de formación de opinión pública esta clase de sutilezas podría conducir realmente a errores importantes en la toma de decisiones individuales con sus respectivos costos para la colectividad, pecu- niarios o no.
Veamos a continuación un extracto de un artículo de opinión publicado en La Nación el 17/8/2002: “El objetivo de estos manuales es asignar, mediante un procedimiento técnico, los recursos que temporalmente están ociosos en las instituciones para darles uso más eficaz, mayor seguridad, mejor transparencia, más rentabilidad y mayor liquidez. Solo así se evita el manejo, el desfalco y la corrupción en la administración de esos recursos (…)”.
Falacia post hoc. Se refiere a la deducción de una relación de causalidad. Es la más común. Por ejemplo, si un profesor universitario nunca ha escrito sobre su especialidad, es de esperar que sea un mal académico. En este caso particular, el autor afirma que la asignación de recursos públicos financieros a partir de un criterio técnico implica (causa) tener “mayor seguridad”, “más rentabilidad” y “mayor liquidez”. Falso. No existe un modelo económico serio que respalde esa hipótesis. Incluso, dudo que exista en el mundo una tecnología financiera que admita esos resultados. Más aún, la afirmación incumple con uno de los principios de administración de riesgos financieros: a mayor rentabilidad más riesgo; no obstante, el autor sostiene que menor riesgo implica mayor rentabilidad. En este sentido, aunque triste, la quiebra de las financieras en 1987 es un aleccionador recuerdo para los que invirtieron en ellas; no, por supuesto, para los que se llevaron los dineros.
Falacia de la composición. A veces suponemos que lo que es cierto en una parte de un sistema también lo es en todo él. Por ejemplo, si en una universidad un mediocre director de escuela llega a ser rector, es de esperar que también sea ineficaz; pero no necesariamente, ya que puede ser peor, causando, incluso, la desaparición de la academia. En la nota señalada se esgrime que la administración de dinero público a partir de criterios técnicos, para una institución pública en particular, conduce a que los recursos públicos expuestos a estos criterios no serán sujeto de desfalco y corrupción en toda la administración pública. Falso. La historia nacional de la primera década de los 2000 es uno de los mejores ejemplos en esa dirección.
Ceteris paribus. Otro error es no mantener todo lo demás constante cuando se analiza la relación entre dos estados o variables. En el párrafo referido se argumenta que “todo lo demás igual” solo los recursos excedentes u ociosos en la administración pública deben estar sujetos a criterios técnicos para mejorar su utilización. Terriblemente curioso; así, los recursos no ociosos, de todos los costarricenses, utilizados por el sector público, ceteris paribus , no requieren criterios técnicos para su asignación.
Sentido común. En general, el párrafo señalado no soporta un análisis riguroso desde el punto de vista de sentido común. Cualquier persona sabe que los binomios más-rentabilidad–más-liquidez y menor-riesgo–más-rentabilidad son imposibles de lograr, dada una tecnología financiera. A menos, por supuesto, que se esté en negocios no legales, o permitidos por la ley pero simulados, con comisión o sin ella, aunque nunca investigados.