Había una vez un león blanco, de ojos azules y melena y cola verdes, que vivía en las nevadas montañas del Himalaya, saltando feliz de una cumbre a otra. Durante mucho tiempo fue un león algo bárbaro, sobre todo si se le compara con sus vecinos inmediatos, el elefante indo y el dragón chino, tan sofisticados y de cultura ancestral. Sin embargo, de la tierra del Sur llegó el elefante, que le enseñó al león nuevos modales e ideas filosóficas y religiosas, y éste resultó ser tan buen alumno que al rato se independizó de su tutela. Siguió en muy buenos tratos con el paquidermo sabio, al que continuó viendo como su antiguo maestro.
Muy pronto el dragón chino se puso celoso del ascendiente del elefante sobre el león, por lo que emplazó al felino a que eligiera mejor sus amistades (esto es, que lo eligiera a él como tutor). El león, que para entonces se había vuelto budista (siguiendo el ejemplo del elefante, como a su vez lo había hecho el propio dragón parcialmente), optó por organizar un debate entre el paquidermo y el dragón, a propósito de la mejor vía para alcanzar la iluminación felina: el primero afirmaba un camino gradual a través de muchas vidas (de león a gato a puma a leopardo a tigre a pantera a jaguar a oceloteÖ), mientras que el segundo apostaba a una iluminación súbita que transformaría la naturaleza gatuna. El elefante ganó el debate, por lo que el león decidió seguir su disciplina de iluminación gradual y no súbita.
A pesar del opio. A partir de esta enseñanza seminal, durante mucho tiempo el león siguió el camino progresivo, aisladamente, contemplativo en la cumbre del Monte Meru, mientras el mundo samsárico de los animales se movía hacia una mayor interrelación mundial. Por aquellos tiempos su amigo paquidermo, que había regresado a su tierra del Sur, cayó bajo la férula de Albión, un águila occidental, mientras el otro vecino, el dragón, independiente pero aislacionista, tuvo que resistir un ataque combinado de más águilas coloniales, con sus picos y garras de metal. En su asedio, las aves lanzaron dardos de opio contra el cuerpo del dragón para adormecerlo y así después poder devastar su cuerpo. Sin embargo, a pesar del opio, ganó la guerra el dragón, que con su fuego y fuerza logró vencer y espantar a las aves del oeste, al tiempo que se tornaba maoístaconfuciano y abominaba de su pasado taobudista.
Entonces el envalentonado dragón patriota y nacionalista, que durante siglos había envidiado la melena verde del león, cayó sobre éste y se lo tragó. Lo curioso es que el león siguió vivo en la panza del dragón, es más, continúa vivo, en un rincón de su estómago. Mucho más pequeño que el dragón, desde el estómago gigante el león pidió ayuda al resto de los animales, pero no le hicieron mucho caso. Incluso el elefante asceta, que recién se liberaba del dominio del águila Albión de las tierras occidentales, no lo respaldó ante la agresión, pues su propia independencia recién adquirida requería toda su fuerza y no podía embarcarse en una guerra contra el dragón. Muy caro pagó el león su política aislacionista de no haber entrado previamente al Consejo Mundial de Animales.
Arrinconado. Depredado cultural y religiosamente por el dragón de la modernidad en versión china, el león tibetano se resiste a morir y vive arrinconado en una esquina de la enorme y expansionista panza. Por lo demás, antes de ser tragado, el astuto león, sospechando de las intenciones dragoniles, puso a resguardo un cachorro suyo, que vive fuera del dragón, que creció y ya tiene más de cuarenta años, el tiempo que su padre lleva atrapado en la panza de la bestia, sometido a toda suerte de atropellos y al sufrimiento causado por la diaria lluvia ácida de jugos gástricos.
Algunos animales del Consejo Mundial comienzan a poner atención a los reclamos del cachorro cuarentón para que el dragón libere a su felino padre y lo vomite sano y salvo. Pero el dragón es muy fuerte y ninguno lo quiere tener como enemigo. Además, se hacen excelentes negocios con el dragón, pues es un gran comerciante desde los tiempos de la Ruta de la Seda. Según los pesimistas, la única esperanza para la libertad felina radica en que el dragón sufra un destino de desmembramiento como el del otrora poderoso oso soviético, norteño habitante del hielo y la Siberia, lo que parece improbable hoy pero no mañana o ayer.
El león exterior aprendió la lección de los nuevos tiempos y cambió la línea seguida por el león interno, el cautivo. Sigue siendo budista pero ahora gusta de la ciencia, la democracia y la modernidad, a veces incluso de una manera más bien ingenua, como de quien recién descubre las mieles modernas. De lo que todavía parece no darse cuenta es que, mientras vivamos en el samsara, lo que empieza dulce termina amargo, algo que todo buen budista debería saber. Mientras tanto, el león exiliado sigue clamando en el gran circo del mundo por la liberación de su padre, el viejo león del Tíbet, el ojiazul y peliverde, el cautivo en la panza del dragón. øAlguien escucha su rugido silencioso?