En la década de los cincuentas del siglo pasado, de vez en cuanto se ofrecía la oportunidad de observar una caricatura argentina cuyo tema eran unos seres desaliñados, vagabundos y soñadores que se comportaban de modo desafiante y espectacular. Eran los "existencialistas", semejantes en algún sentido a quienes años más tarde se llamaron "hippies".
A principios de los años sesenta, en la Escuela de Filosofía don Teodoro Olarte comenzaba sus lecciones de filosofía contemporánea diciendo: "Comenzaré por explicar lo que no es existencialismo: no se trata tanto de andar desgreñado y maloliente, por cierto", pues la razón de las caricaturas se debía a la popularidad de la filosofía existencialista, no obstante sus dificultades conceptuales. Esta popularidad se debía a la fama que, desde fines de los años treinta, habían alcanzado especialmente los cuentos, novelas y dramas de Jean-Paul Sartre, conocido en el mundo académico por sus ensayos psicológicos acerca de la imaginación y las emociones, y por su tratado de ontología fenomenológica El ser y la nada (1943), que también funda el psicoanálisis existencial en oposición al freudiano.
Atmósfera estética. Las obras literarias de Sartre no son precisamente filosóficas, pero la filosofía anima ciertamente su atmósfera estética, tratada con gran maestría y un sentido de los problemas humanos que resuman una sólida formación académica, una reflexión rigurosa y una personalidad muy fuerte. Esto se advierte en su vasta producción, que abarca desde los años treinta hasta poco antes de su muerte en 1980. Pero basta con leer los cuentos recogidos en El muro (1939) para percibir que las diversas situaciones allí descritas, los espacios circunscritos por las pasiones y los ritos de los personajes, los conflictos amorosos, los odios, la ternura, la bondad y la mala fe protagonizados por sus caracteres afligidos, obsesivos o despectivos: todo se desarrolla con la inexorabilidad de la vida cotidiana, descrita mediante un tratamiento nuevo de síntesis artística que conjuga la teoría del ser, la psicología, la ética, la política y, como un aire liberador del miedo espeso que inunda un mundo agobiado por la terrible guerra, la música, ese arte cuya brevedad y perennidad parece comprender mejor que ninguno el enigma del tiempo y la existencia, como se muestra en aquellas magistrales páginas de La náusea (1938) en que se distinguen las notas del viejo rag-time "Memphis Blue".
Universal concreto. Expresiones paradójicas que salen de labios de los prisioneros: ".no es natural morir. empujaré el muro con la espalda, con todas mis fuerzas, y el muro resistirá, como en las pesadillas.", y otras tanto más angustiosas y desgarradoras, forjan aquella asfixiante atmósfera de sufrimiento que soportan los condenados. La transformación de las descripciones fenomenológicas, realizadas desde las insólitas perspectivas que ofrece el nuevo concepto de realidad, apegado a las cosas en sí mismas, a los objetos en su compacta plenitud carente de referencia, permite la creación de esas inquietantes atmósferas que hacen de cada situación una especie de universal concreto, y, por consiguiente un especial centro de referencia para los múltiples lectores, al fin y al cabo todos afectados por las penurias de la época.
¿Dónde se encuentra una salida? ¿Por qué una lectura angustiosa habría de aliviarnos? El ambiente de locura de La cámara, la impotencia y liviandad de Intimidad, el odio universal de Eróstrato, y la obscena moral burguesa de La infancia de un jefe, no parecerían lo más apropiado para disimular la miasma que abate a las pobres gentes, si no fuese porque, precisamente evidenciando sus causas y sus características, permite ahondar en la melancolía, la angustia, la peste, la podredumbre física, moral y política: abrir así las puertas de la comprensión y con ella el desenmascaramiento de los verdugos, y despertar la conciencia a las posibilidades combativas, siempre vigentes, de la lucha por la libertad.