Raquel Noguera Picado, estudiante del Liceo José Martí de Puntarenas, abatida por terribles enfermedades y limitaciones (Revista Dominical, La Nación, 8 de noviembre), pero que no acepta ningún privilegio en razón de su estado, y es la mejor estudiante gracias a su inteligencia y trabajo, es un ejemplo para el país.
Esta frágil muchacha, que desafía ahora una enfermedad terminal con la misma voluntad heroica que le permitió superar otras pruebas, señala el camino que todos debemos seguir para que el país --y cada uno también-- venza sus calamidades y limitaciones. Excelencia en las metas, independientemente de las dificultades, porque solo así se alcanza lo mejor. Nada de autocompasión que cierre el paso a los mayores logros, porque la excelencia, bajo diferentes marcos, está al alcance de todos, al ser el desarrollo de la propia potencialidad según lo mejor.
Actitud y virtudes. Para el país, porque si esta actitud fuera generalizada, el producto social sería otro y el trabajo de todos se facilitaría inmensamente; y para cada uno, porque estas virtudes son básicas para la superación personal. Exigencia consigo mismo, porque sólo así se alcanza la responsabilidad y el nivel de disciplina necesarios para que el esfuerzo sea ordenado, sostenido y sistemático. Cada uno debe ser su más exigente juez y director, porque de la motivación interna emerge la responsabilidad personal, indispensable para el desarrollo pleno de la personalidad y una vida social de calidad. Y trabajo, porque el esfuerzo es la única base segura para la superación personal.
Virtudes estas que al mismo tiempo condicionan las otras, porque todas son partes de un todo moral en que las piezas están interrelacionadas, de modo que no pueden existir o desarrollarse unas sin otras. Por eso, sin dicho esfuerzo sostenido por alcanzar las estrellas, difícilmente se podría alcanzar en otros campos la superación, cuando son vividas socialmente, son lo que hace la diferencia entre el Primer Mundo y los demás que siguen de ahí para abajo, porque la actitud colectiva resultante de la internación social de dichos valores, es lo que permite al cuerpo social dar el salto cualitativo hacia la liberación de la miseria, la enfermedad y la ignorancia. Y que al mismo tiempo lo capacita mejor --sin que signifique que se lo garantice-- para conquistar el continente de la conducta moral, que es el gran reto final que le resta a la humanidad avanzada.
Liderazgo iluminador. De modo que desde su sufrimiento --y bajo el misterio del sufrimiento de los inocentes-- el ejemplo de Raquel, más quizás que el de ninguna otra persona en el país, debe ser el liderazgo que a todos nos alumbre, tanto en lo personal como en lo social. Ayuno el país, salvo aisladas excepciones, de guías que valgan la pena, y que prediquen con el ejemplo, o que por su autenticidad y verdad sean creíbles --según lo demuestran las encuestas-- desde el insospechado terreno de combate de esta muchacha, se yergue un ejemplo que, con la sencillez de las grandes cosas, señala el camino verdadero para superar la profunda crisis nacional actual --que en su base es de carácter moral-- y para orientar también nuestras vidas personales.
Fracasada para este efecto la clase política, que se ocupa solo de sus minucias e intereses y que cree engañar cuando es ella la engañada, por lo que está quebrada en su misión de dirigir y dar el ejemplo, hay que volver la vista al cuerpo social, de cuyas reservas brota, como en este caso, en sitios insospechados y en dosis heroicas, lo mejor del espíritu humano, para darnos la guía que todos buscamos, según nos lo ofrece Raquel Noguera con su ejemplo.
¿Quién puede quejarse o pedir cuartel, si ante lo más terrible esta muchacha no lo pide? ¿Quién puede alegar flojera o temor, si su voluntad no cede ante el peor de los infortunios? ¿Por eso, desde ese papel de guía, que el destino en sus inescrutables misterios nos pone en el camino, el sufrimiento de Raquel no es en vano, sino que se convierte en un inmenso acto de amor?