
El mensaje del papa Juan Pablo II a la Academia Pontificia de Ciencias (22-10-96) ha sido, por muchos, entendido como audaz hasta en exceso; no es así, simplemente insinúa una posible apertura del pensamiento católico oficial hacia el evolucionismo. No va, ciertamente, más allá del incongruente mensaje de Pío XII contenido en la encíclica Humani Generis de 1950, cuando afirmó "no haber oposición entre evolución y la doctrina de la fe sobre el hombre", aseveración que digo inconsecuente, porque no impedía -al mismo tiempo- prohibir a Teilhard de Chardin,- el único pensador católico de fuste que por ese entonces desarrollaba con alguna coherencia científica y filosófica una visión cristiana del evolucionismo-, escribir, enseñar y casi hasta pensar sobre el tema; ostracismo intelectual del que sólo la muerte (1955) vino a librarlo.
Ojalá que el mensaje actual sea el comienzo de una plena libertad real, de los pensadores y científicos católicos, para enfrentar el tema con la misma libertad con que lo hacen sus colegas de otras creencias: esto enriquecería el pensamiento católico.
Se debe recalcar que el pensamiento tradicional no es tan antievolucionista como muchos católicos ahora suponen; no será sino a partir del siglo XVII-XVIII que las cosas comenzaron a cambiar, por obra del gran botánico Ray (1686) y del taxonomista Linneo (1740), con quienes comenzó a ganar terreno la teoría de la fijeza o permanencia de las especies biológicas, fundamento de la teoría llamada "creacionismo", combatida por Darwin (1859), la cual ha tenido gran influencia en algunas sectas protestantes ("fundamentalistas"), sobre todo en los Estados Unidos, las cuales aseguran ser cada especie creación directa e inmediata del Creador (las especies actuales existirían, probablemente, desde el Diluvio Universal), y niegan la evolución de ellas; contrariamente, la escolástica medioeval creía en la aparición de nuevas especies a partir de las existentes y en un proceso gradual de derivación de ellas, postura que Leibniz expresaría magistralmente, en el siglo XVII-XVIII, con su aforismo natura non facit saltus.
La postura cercana a la protestante-fundamentalista (partidaria del creacionismo y contraria al evolucionismo) del catolicismo romano actual proviene, probablemente, de una interpretación extremosa del canon 4 sobre la fe católica del Concilio Vaticano I (1809-70) que condenó formas especiales de panteísmo y entre ellas "...(de) la divina esencia por manifestación o evolución de sí, se hace(n) todas las cosas..." (cfr., Densinger, 1804). Por eso preocupa que todavía los católicos romanos, como lo hace el Papa en su mensaje, estilen hablar de evolucionismo como "hipótesis" o como "teoría", usando esos términos en el sentido corriente (e inexacto) de aseveraciones sujetas a demostración experimental, con lo que validan la posición creacionista, la cual considera que tanto el evolucionismo como el creacionismo son teorías (o hipótesis), igualmente válidas porque igualmente indemostrables.
Según esa manera de ver las cosas, el científico podría, tranquilamente adherirse a una u otra "teoría" o "hipótesis", sin claudicaciones. Esto es una gran estupidez, y por ello es conveniente evitar la trampa semántica: la posición creacionista, en ciencia, a nada lleva, en tanto que la evolucionista es ubérrima en frutos y por eso están con ella los científicos. Por eso el creacionismo siempre ha estado de capa caída, en tanto que el evolucionismo, combatido, rebatido o desechado una y otra vez, resurge de sus cenizas. Dicho de otra manera: El creacionismo es rechazado, por ser verdadero o falso (que los principios no pueden serlo), sino por ser, heurísticamente (el punto de vista de la construcción y desarrollo de la ciencia), estéril. El evolucionismo es aceptado no por ser verdadero o falso, sino por ser, desde el punto de vista heurístico, feraz. Punto.
El lenguaje que usa Pío XII (y que cita Juan Pablo II) para referirse al alma del hombre "creada inmediatamente por Dios" (animas ením a Deo inmediate creari, encíclica Humani Generis), es asimismo inexacto, pues, en la acción de Dios, lo mediato y lo inmediato no existen, esa distinción es una metáfora de nuestro modo de pensar y atribuirla al ser divino es una incongruencia. Como siempre sucede, cuando caemos en incongruencias, se quiere decir algo diverso de lo que se dice textualmente; en el caso concreto, que los hombres estamos llamados a otro destino que el resto de la creación visible, y esta es la quintaesencia de la fe cristiana: somos hijos de Dios, no meras criaturas de Dios.
El evolucionismo en manera alguna puede ser un impedimento a la fe cristiana, en lo que hace a nuestra filiación divina, siendo cosa que, de suyo, está más allá de toda excogitación humana (tanto científica como teológica), menos aun en lo de la mediatez o inmediatez de la creación del alma, ya que nunca sabremos en qué pueda consistir esa distinción entre mediatez o inmediatez en Dios, por no existir y ser, ergo, incomprobable, más aún, impensable.
Sobre estos dos puntos, pues, nunca hubo contraposición entre fe católica y evolucionismo y, a mi juicio, no hay audacia alguna, sino recalcar lo tradicional, en el reciente mensaje del Pontífice. Si hay otro punto en que existen posibilidades de contradicción, y es el de la descendencia de los humanos de una pareja original (Adán y Eva) y las consecuencias de ello sobre la doctrina del pecado original. Pero eso mejor dejarlo para otra oportunidad.