Agradezco a don Julio Corvetti haberse tomado el tiempo para leer y responder a “La evolución goza de buena salud”, mi artículo del 11 de mayo pasado.
Se siente decepcionado don Julio porque dice que opté por pasarle de largo al punto central de su artículo original, en el que denunciaba el impacto negativo de la actividad humana sobre la ecología del país y del mundo. Si lo hice, fue sencillamente porque estoy de acuerdo con él en ese tanto, como lo destaqué al final de mi publicación. El propósito de lo que escribí no era disputar esa parte, sino solo comentar sobre algunas otras afirmaciones contenidas en la publicación, específicamente en lo relativo al evolucionismo.
Y es que, si se relee el primer artículo del señor Corvetti, la conclusión a la que se arriba es que su propósito no era solamente impugnar la concepción inicial de Darwin, sino la doctrina de la evolución en general. No es sino hasta su segundo artículo cuando se aclara el enfoque.
Ridículas batallas. Tiene toda la razón don Julio cuando nos recuerda algunas de las ridículas batallas que se dan ahora mismo en otras latitudes en relación con este tema. Y, en el plano histórico, nos recuerda también el célebre episodio del juicio Scopes del siglo pasado. En realidad, no hay que mirar a otros países para darnos cuenta de cómo pueden afectarnos también estas cosas a los costarricenses. Basta con leer el excelente libro La ciudad de los monos, del historiador nacional Iván Molina Jiménez, para constatar que mucho antes del juicio Scopes se desenvolvió aquí, en Heredia, un drama casi idéntico y que tuvo por protagonistas al profesor José Ma. Orozco Casorla y a Roberto Brenes Mesén, entre otros.
Y de allí mi artículo del 11 de mayo. Así como preocupa a don Julio Corvetti –con toda razón– la amenaza ecológica que se cierne sobre nosotros, a mí me preocupa igualmente la amenaza de otra sombra oscura que también se extiende sobre el mundo y sobre nuestro país: la sombra de la ignorancia, la irracionalidad y el fanatismo (alimentada, lamento decirlo, por varios medios de prensa que acostumbran otorgar espacios destacados –como, por ejemplo, entrevistas en los telenoticieros– a cuanta charlatanería aparezca por allí). Ambos desafíos tienen raíces comunes y, frente a ambos, tenemos el compromiso moral de salirles al paso.
Antídoto común. Felizmente, las dos amenazas pueden ser enfrentadas –en buena parte al menos– con un antídoto común: la educación, tema del que también me gusta ocuparme con frecuencia. En efecto, si nos esforzamos por dotar a nuestros niños y jóvenes del necesario bagaje científico y ético, desde escuela hasta universidad, creo que habría razones para confiar en un futuro más promisorio en ambos frentes. Un sólido marco de conocimientos, aunado a la enseñanza y práctica constante de herramientas intelectuales básicas –el pensamiento crítico y el sano escepticismo– sin duda generaría réditos invaluables.
Puede estar tranquilo don Julio en el sentido de que no tengo (ni creo que lo tenga tampoco ninguna persona sensata) el propósito de impedir el progreso en la discusión de estos o cualesquiera otros temas relevantes. Aplaudo su propósito de llamarnos la atención sobre los problemas ambientales, siempre y cuando se evite –cosa de la que este tema desgraciadamente tampoco está exento– caer en la irracionalidad y el extremismo.
Por mi parte, espero también aportar un modesto grano de arena a la interminable tarea de encauzar este y cualquier otro debate por los caminos de la razón y la ciencia.