El hombre tiene necesidad absoluta de trascendencia. Una multitud de preguntas quedan sin respuesta si limitamos las fronteras de la vida en esta tierra. Aun desde el punto de vista cultural e histórico, la presencia de la religión -religar el hombre con Dios- resultó imprescindible en la vida de todos los pueblos para alcanzar a comprender el mundo en que vivimos.
En la realidad actual, no solo occidental sino universal, las catedrales, iglesias, mezquitas, sinagogas, museos, grandes bibliotecas, fiestas populares tradicionales y muchas cosas más de la vida diaria, son un reclamo espontáneo a profundizar en el contenido de su mensaje espiritual y trascendente. Si falta la religión, se pierde la capacidad de humanizar las relaciones de las personas y los pueblos entre sí, porque decaen los valores más profundos, llamados a enriquecer, con el diálogo y la oración, la personalidad de los ciudadanos en todas sus dimensiones.
Respuestas abiertas. El conocimiento que da la religión nos permite ser críticos ante las diferentes situaciones culturales, sociales, políticas y económicas y, en suma, educa para orientar y levantar el nivel de la vida individual y social. Con la religión encontramos las respuestas abiertas a los interrogantes más profundos de la persona humana y el sentido trascendente de la vida. No lograremos superar las confrontaciones fundamentalistas de hoy, generadoras del terrorismo, sin el esfuerzo por comprender el bagaje espiritual que las alimenta. Toda religión, bien orientada, está llamada a estimular la fraternidad y abre la mirada hacia la divinidad, conduce hacia la unidad de la humanidad.
La religión, de por sí, se presenta como un saber razonable y espontáneo que conduce a tener ideas que son, generalmente, verdaderas certezas, con contenidos que se traducen en expresiones de valor universal.
"Las grandes calamidades colectivas, que tanto abundan en el momento actual, se deben a que, en la vida del hombre, falta algo, se advierte la carencia de algo. (...) Cuando la fe ya ha penetrado en el alma, la vida se orienta de forma muy distinta" (Una conversación con Peter Seewald, en La sal de la tierra, de Ratzinger, Palabra, 4.ª edición, página 39).
Desarrollo equilibrado. Es imposible que un pueblo sin religión pueda transmitir a sus generaciones jóvenes metas valiosas, horizontes positivos y atractivos y la formación básica para afrontar un desarrollo personal equilibrado. Los poderes públicos deben comprender y apreciar el valor fundamental de las religiones -esencialmente distintas de los fanatismos- y favorecer su desarrollo, incluso con mucho más empeño que el mismo progreso económico. En virtud de ello, en Costa Rica valoramos tanto la educación, que no sería tal si faltara la religión.
Por esa razón, Juan Pablo II insistió tanto en la responsabilidad de la presencia de los ciudadanos cristianos en la vida social y política de los pueblos, igual que Benedicto XVI, su estrecho colaborador, que ahora, como Papa, nos habla de superar los desiertos de la oscuridad de Dios y del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y el rumbo del hombre por la falta de religión.
Es el momento de volver a dar su lugar a la religión en la vida de los pueblos posmodernos y superar así las actitudes que conducen a la muerte del espíritu y a la pérdida de los horizontes de eternidad.