Recientemente viví una experiencia extraña, cuya mezcla de dramatismo y misterio sólo tiene parangón en la Biblia, aunque también contenía un significativo ingrediente de comicidad. Tal vez sea tan interesante para usted, amable lector o lectora, como fue para mí.
Durante una discusión con un colega, intenté escribir algunas palabras en una pizarra, que resumieran sus planteamientos, permitiendo un intercambio de ideas más preciso y ordenado. Cuál no fue mi sorpresa cuando mi interlocutor se lanzó violentamente de su asiento y, con las palmas de ambas manos, borró lo que el suscrito apuntaba, exclamando: "¡En la pizarra no! ¡Nada escrito en la pizarra!". Como insistí en que esas anotaciones eran necesarias para ayudarnos a ambos en la clarificación del tema y el colega reiteró su pavorida oposición, los dos optamos por suspender el diálogo.
El rey y el profeta. Reflexionando más tarde sobre las características, causas y efectos de ese acontecimiento, recordé un pasaje bíblico sobre Belsasar, rey de Babilonia que murió en el año 539 a.C., y el profeta Daniel. Resulta que ese monarca -uno de los varios hijos de Nabucodonosor- y sus allegados estaban en una fiesta, cuando, según el libro de Daniel, capítulo 5: "...apareció una mano de hombre que, a la luz de los candiles, comenzó a escribir con el dedo sobre la pared blanca de la sala. Al ver el rey la mano que escribía, se puso pálido y, de miedo que le entró, comenzó a temblar de pies a cabeza. Luego se puso a gritar y llamar adivinos, sabios y astrólogos de Babilonia y les dijo:
"...El que lea lo que ahí está escrito, y me explique lo que quiere decir, será vestido con ropas de púrpura, llevará una cadena de oro en el cuello y ocupará el tercer lugar en el gobierno de mi reino".
Luego se narra cómo el rey se enteró de la habilidad que tenía Daniel para interpretar señales de ese tipo y ordenó que este fuera traído ante él. Entonces, Daniel le explicó que las palabras escritas en la pared (Mené Mené Tekel Parsín) significaban que sus días estaban contados por Dios; él -es decir, Belsasar- sería depuesto; su reino iba a ser fraccionado y entregado a otros. La razón de todo ello era que había sido mal rey: "...mataba y dejaba vivir a quien quería; a unos les ponía en alto y a otros humillaba... (además) no ha alabado al Dios en cuyas manos está la vida...".
Profecía cumplida. Concluye el capítulo diciendo que Belsasar fue asesinado en la noche del mismo día que Daniel le habló. Entonces, Darío de Media, rey de los caldeos y persas, se apoderó del imperio de Babilonia, lo dividió en 120 regiones y nombró un gobernador para cada una de ellas.
Por supuesto que la "escritura en la pared", durante esa fiesta de hace más de 2.500 años en Babilonia, es totalmente diferente a la "escritura en la pizarra" que yo intentaba para resumir las ideas de mi colega en la Universidad de Costa Rica. Aún así, esos dos fenómenos --tan lejanos en espacios y tiempos-- tienen algo importante en común: el horror que evidentemente causó cada escritura en la persona a quien se refería. Conocemos la versión bíblica de porqué se asustó el infortunado Belsasar. En cambio, queda la pregunta ¿por qué tuvo miedo mi colega?