El artículo de Francisco Escobar, "¿Quiénes son los culpables?", me dejó helado. Como del cuerno de la abundancia brotaron de su pluma las acusaciones sobre el estado de la democracia costarricense y no quedó títere con cabeza: diputados, expresidentes, partidos, economistas de Incae, transnacionales, altos ejecutivos, jueces, empresarios, todos desfilaron ante la implacable guadaña del autor, incapaz, en su curioso delirio insurreccional, de percibir matiz alguno. Para el Dr. Escobar, el pueblo no puede ya expresar su voluntad a través de las urnas y ha sido obligado a "avanzar con angustia hacia los horrores de la guerra civil". Lo que me aterra de todo esto no es la situación que presuntamente se describe, sino el tono maniqueo de la descripción, y la realización de que, tras toda el agua corrida bajo el puente, algunos en la izquierda siguen aferrados a sus viejos malos hábitos.
¿Es perfecta la democracia costarricense? Evidentemente no. ¿Merece el país tener políticos más honestos, más transparentes y con mayor vocación participativa? Sin duda. ¿Vale la pena luchar por esto? Por supuesto que sí. El punto no es ese. El punto es si la democracia costarricense ha llegado al punto en que para su reforma no existen más opciones que la protesta callejera y la desobediencia civil. Al contrario del Dr. Escobar, estoy convencido de que no es así y me parece que sus argumentos revelan un peligroso provincianismo y la intención de reeditar trampas utópicas de ingrata memoria.
Sin violencia. Por detestable que nos parezca, nuestro sistema político no es más corrupto ni más oligárquico que la inmensa mayoría de las democracias. Todo lo contrario. No lo digo yo: lo dice prácticamente cualquier estudio comparativo de las democracias latinoamericanas. Lo dicen, asimismo, las múltiples imágenes que nos devuelve el espejo de las democracias desarrolladas: el rostro adusto de Kohl, impregnado hasta la médula en el tráfico de influencias; la debacle electoral del PSOE, acosado aún por una larguísima serie de escándalos de corrupción; la humillación de Nixon tras la infinita sordidez de Watergate; las congojas de Chirac para hacer olvidar las travesuras financieras de sus amigos cuando era alcalde de París, etc. La lista de tropelías es interminable aun si no incluimos a los pacientes crónicos como Bélgica, Italia y Japón, todas, hasta donde sé, respetables democracias avanzadas. Es hora de admitir que la democracia no es el reino de la felicidad, ni la ciudad de los justos, sino un simple proyecto humano susceptible de ser perfeccionado por las vías proveídas por la propia democracia. Es ahí donde reside una de las claves de su superioridad: en que no necesita de la violencia para cambiar. Y al igual que a nadie sensato se le ocurrió llamar a la insurrección para sacar al PSOE del poder en España, quien no encuentre satisfactorio el estado actual de la democracia en Costa Rica no precisa tirar piedras o levantarse en armas: basta que vote por otro partido.
Precisamente por eso, cualquiera que sea el estado de la democracia costarricense, no estoy dispuesto a aceptar la absolución de responsabilidad que el Dr. Escobar pronuncia en favor de todos los gobernados. Para bien o para mal, por acción u omisión, y en diferentes grados, todos los costarricense somos responsables de lo que el país ha llegado a ser. A fin de cuentas, los partidos y los políticos acusados por la jacobina descarga del autor, han sido llevados al poder, una y otra vez, por el pueblo. Yo he votado por ellos. Y si lo he hecho no ha sido porque me gusten los episodios de corrupción, sino porque evidentemente ellos solo cuentan una parte de la historia reciente de nuestra democracia. Lo he hecho por muchas razones: porque no acepto que nuestras élites políticas sean únicamente, y sin excepción, una horda de amorales y depravados; porque entiendo que esas elites, aunque hubieran podido hacerlo mucho mejor, algo bueno han hecho también; porque me parece que las fuerzas políticas opuestas a esas élites han sido totalmente incapaces de articular un proyecto alternativo de país coherente y serio, prefiriendo la trinchera cómoda de la pura contestación; porque estimo que las decisiones políticas tomadas por los gobiernos recientes incluida la apertura de los monopolios del ICE no son meramente signos de perversidad, sino productos de un análisis de la realidad que podemos o no compartir pero que sin duda puede ser defendido racionalmente; y, por último, porque no considero, a diferencia del Dr. Escobar, que algún grupo de costarricenses detente el monopolio del patriotismo y la buena intención.
Simplista y estéril. Es hora de empezar a decir a todo pulmón que el discurso antipolítico, del que el artículo del Dr. Escobar es la muestra más nítida, es simplista y estéril. Eso, sin embargo, sería lo de menos. Lo realmente grave es que tiene una perversa tendencia a tomar vida propia y a poco andar pierde la capacidad de discernir dónde acaba la crítica a los detentadores del poder y dónde empieza la crítica a las instituciones que representan. Y que tiene una profunda raigambre autoritaria; que tras su ropaje democrático se esconde el atavismo más dañino de todos los radicalismos de izquierda y derecha: la idea de que nuestras instituciones democráticas formales, por ser imperfectas y precarias, no tienen ya ningún valor y deben ser pasadas por el fuego purificador de la violencia, que nos traerá por fin la verdadera democracia. A estas alturas deberíamos saber que ese razonamiento no es más que una trampa en la que acaban pereciendo todas las libertades: la formales, las reales, las que nos queda por ganar, todas. Y es tristísimo que como ciegos estemos resbalando por esa pendiente discursiva, la misma por la que se deslizaron Uruguay y Chile antes de 1973 y, mucho más recientemente, Venezuela y Perú. Tengamos cuidado. Ya lo dijo Serrat: "Estamos jugando con cosas que no tienen repuesto".