NUEVA YORK – La tristeza es una de las pocas emociones humanas que han sido reconocidas en todas las sociedades y en todos los tiempos. Algunas de las más antiguas epopeyas conocidas, como La Iliada y Gilgamesh, muestran la tristeza intensa de sus protagonistas después de haber perdido a compañeros cercanos.
Del mismo modo, obras antropológicas de una gran variedad de sociedades describen claramente sentimientos de tristeza que se desarrollan debido a la frustración en el amor, a la humillación por parte de un rival o a la incapacidad de alcanzar objetivos culturalmente valiosos.
Incluso, los primates muestran señales fisiológicas y de conducta después de alguna pérdida que son inconfundiblemente similares a la tristeza en los humanos. No hay duda de que la evolución hizo que la gente fuera propensa a ponerse triste después de esas situaciones.
Melancolía y depresión. Los trastornos mentales depresivos también se han conocido desde que se llevan registros escritos. En un trabajo escrito en el siglo V a.C., Hipócrates ofreció la primera definición conocida de la melancolía (lo que ahora llamamos “depresión”) como un trastorno definido: “si el temor o la tristeza duran mucho tiempo es melancolía.” Los síntomas que Hipócrates relacionó con el trastorno de la melancolía –“aversión a los alimentos, abatimiento, incapacidad para dormir, irritabilidad e inquietud”—son muy similares a los que figuran en las definiciones modernas del trastorno depresivo.
Al igual que Hipócrates, a lo largo de la historia los médicos han reconocido que los síntomas de la tristeza normal y el trastorno depresivo eran parecidos. Los trastornos depresivos diferían de las reacciones normales porque aparecían cuando no había condiciones que normalmente produjeran tristeza o eran de una magnitud o duración desproporcionada a cualquiera que fuera la causa que los provocaba.
Esos estados sugerían que algo andaba mal con la persona, no con su entorno. Así, la siquiatría tradicional adoptó un enfoque contextual al diagnosticar los trastornos depresivos. El que una enfermedad fuera diagnosticada como trastorno dependía no sólo de los síntomas, que podían ser similares a la tristeza normal, y no sólo de la gravedad de la enfermedad, porque la tristeza normal puede ser severa y la tristeza relacionada con un trastorno puede ser moderada, sino de la medida en que los síntomas fueran una respuesta comprensible a las circunstancias.
La distinción entre la tristeza contextualmente adecuada y los trastornos depresivos se mantuvo prácticamente sin cambios durante dos milenios y medio. No obstante, la profesión siquiátrica abandonó esta distinción en 1980 cuando se publicó la tercera edición de su manual oficial de diagnóstico, el DSM-III (Manual de Diagnóstico y Estadísticas de Trastornos Mentales, por sus siglas en inglés).
La definición de trastorno depresivo profundo (MDD, por sus siglas en inglés) se volvió meramente sintomática. Todos los estados en que aparecían al menos cinco síntomas de nueve --incluido un bajo estado anímico, falta de placer, problemas de apetito y dificultades para dormir, incapacidad para concentrarse y fatiga –por más de dos semanas ahora se consideran trastornos depresivos.
La única excepción es la depresión “sin complicaciones” relacionada con un duelo. De ahí en fuera, otros síntomas que cumplen con los criterios del DSM no se consideran trastornos si aparecen después de la muerte de alguien cercano, no duran más de dos meses, y no incluyen ciertos síntomas particularmente severos. Sin embargo, síntomas similares que surgen después, digamos, de la disolución de una relación amorosa, de la pérdida de un empleo, o tras recibir el diagnóstico de una enfermedad potencialmente mortal no se excluyen del diagnóstico de los trastornos.
Confusión. La confusión en el DSM-III entre la tristeza normal intensa y el trastorno mental depresivo, que persiste hasta ahora, surgió inadvertidamente debido a la respuesta de la siquiatría a los desafíos de la profesión durante los años setenta.
Un poderoso grupo de investigadores psiquiátricos estaba insatisfecho con las definiciones de depresión y otros trastornos mentales comunes en sus manuales de diagnóstico anteriores influenciados psicoanalíticamente.
Esas definiciones anteriores separaban los sentimientos de tristeza proporcional al contexto de una pérdida de las que eran excesivas según sus contextos, y definían solamente a éstas últimas como trastornos.
Sin embargo, también asumían que los conflictos psicológicos inconscientes no resueltos causaban depresión. Para descartar este supuesto psicoanalítico injustificado, los investigadores cejaron en sus intentos de distinguir los estados naturales de los trastornos por el contexto o la etiología y asumieron que todas las condiciones que cumplían los criterios basados en los síntomas eran trastornos.
La nueva definición de depresión ha derivado en una extensa medicación de la tristeza. Se considera que los padres cuyo hijo está gravemente enfermo, los cónyuges que descubren las relaciones extramaritales de sus parejas o los trabajadores despedidos inesperadamente de sus empleos preciados padecen trastornos mentales si desarrollan síntomas suficientes para cumplir con los criterios del DSM. Esto es así incluso si los síntomas desaparecen tan pronto como el niño se recupera, los cónyuges se reconcilian, y se encuentra un nuevo trabajo.
La medicación de la tristeza ha demostrado ser de gran beneficio para la salud mental y las profesiones médicas. Millones de personas ahora buscan ayuda profesional para los estados que cumplen con la definición excesivamente amplia y medicada de la depresión. En efecto, la depresión es ahora la enfermedad más comúnmente diagnosticada en las consultas ambulatorias siquiátricas.
Rentable. La medicación de la depresión ha demostrado ser todavía más rentable para las compañías farmacéuticas cuyas ventas de medicamentos antidepresivos se han disparado. Si bien, es imposible saber qué proporción de estas personas están experimentando una tristeza normal que desaparecerá con el paso del tiempo o un cambio en el contexto social, es ciertamente muy alta.
No le sería difícil a la siquiatría desarrollar una definición más adecuada del trastorno depresivo que deje de considerar las emociones naturales de tristeza como un problema médico. Los criterios de diagnóstico podrían simplemente ampliar la exclusión actual del duelo a otros estados que se desarrollan luego de sufrir pérdidas que no son especialmente severas o duraderas.
Ese cambio tomaría en cuenta que los humanos siempre han reconocido: que una intensa tristeza después de una pérdida es un aspecto doloroso y tal vez inevitable de la condición humana, pero no es necesariamente un trastorno mental.