Conocí a Gerardo Solano en circunstancias similares a muchas otras madres cuyos hijos nacen con una discapacidad; él era un hálito de esperanza: tenía fama de que el bebé que pasaba por sus clases aprendía a hablar.
Para las madres, cualquier posibilidad de superar una limitación era vital: hay diferencia marcada entre un niño con capacidad de comunicación oral o sin ella.
En estas difíciles circunstancias, me convertí en perseguidora de Gerardo, pidiéndole que aceptara a Carolina, mi hija, en sus clases de terapia de lenguaje. Con tono apacible y característica amabilidad, se negaba, diciéndome que la bebé tenía que aprender a caminar primero y después a hablar, pues ambos procesos en simultáneo eran bastante difíciles de alcanzar.
No sé si cansado de mi insistencia o por mera cortesía, cuando Carolina tenía 18 meses la aceptó como alumna. Dado que Nina apenas se sostenía sentada, Gerardo tenía necesariamente que sentarla en su regazo y así inició el proceso de enseñanza y aprendizaje.
Seis años más tarde, mi Carolina había adquirido un buen nivel de comunicación, buena pronunciación y excelente comprensión. Gerardo decía: "No tengo la prueba científica, pero puedo asegurar que haberle enseñado a Nina a hablar sentada en mis rodillas, produjo un efecto positivo en su aprendizaje y una mayor capacidad de comprensión".
No transcurrió mucho tiempo para darme cuenta, que la diferencia de esta enseñanza en el "regazo de Gerardo", la hacía simplemente, la entrega de amor que él prodigaba a cada uno de sus alumnos; y el aprendizaje, desde el marco del amor hace posible hasta lo que creíamos imposible.
Él sabía enseñar rompiendo esquemas, creía en las personas con discapacidad, nunca ponía techo a su aprendizaje y sabía sacarle provecho a las áreas más fuertes. Sus clases eran entretenidas, se cantaba, se jugaba y se disfrutaba el aprendizaje con métodos no tradicionales.
Ya Gerardo no se encuentra más entre nosotros, Costa Rica ha perdido a un profesional invaluable, su familia a un buen hijo y hermano, sus alumnos la oportunidad de aprender de alguien que marcaba la diferencia en la vida, y sus amigos, perdimos a un hombre encantador.
Ante todas estas pérdidas, nos queda el consuelo de seguir escuchando su voz a través de todas aquellas personas a quienes en la infancia les transmitió el don de la palabra.
(*) Vicepresidenta Asociación Costarricense para Personas con Síndrome de Down