Sin libertad no se da nunca un acto específicamente humano, que debe provenir precisamente de la voluntad informada por la razón. Sin libertad no habría autoconciencia. Sin embargo, la libertad del hombre es una libertad limitada, no absoluta. Y es importante entender bien esto.
El ser expresado con mayúsculas, que no está limitado por ningún condicionamiento, poseedor de una naturaleza absoluta, cuya esencia consiste en existir por sí mismo, tiene, o digámoslo mejor así, es la libertad absoluta y ese modo de ser es sólo propio de Dios. Pero nosotros no somos dioses como pretendía Nietzsche, ni tampoco somos superhombres. Por tanto, debemos pensar en dos libertades, una absoluta, la propia de Dios, y otra limitada, la propia del hombre. Siempre hay, sin embargo, en el hombre algo misterioso que lo precede y lo supera. Poseemos un modo de ser enigmático. Por un lado somos finitos, somos criaturas con muchas limitaciones y, por otro lado, poseemos, como algo que nos es innato, unos deseos ilimitados, como un ansia inagotable de infinito, que nunca podrá saciar la sociedad de consumo. Se comprende hasta cierto punto aquella expresión de Nietzsche en la que decía: "Si existiera Dios, yo no toleraría dejar de ser ese Dios".
Misterioso, pero real. Todos los hombres somos solidarios y participantes de esa naturaleza limitada, pero a la vez desde mi yo solitario y desde ese nosotros común surgen una serie de preguntas que hay que dirigir a ese Otro, misterioso pero real, que percibimos como la razón de nuestra propia consistencia y de quién somos y nos sentimos estirpe.
Las distintas y numerosas religiones naturales que se dan en nuestro mundo surgen como tentativas humanas de abrirse un camino hacia Dios. La libertad finita busca de ese modo el encuentro con el Otro, se esfuerza cuanto puede por representarse algunos de sus rasgos sobresalientes, y estudia el modo de complacer a Dios. Platón intuyó la razonable hipótesis, apoyado en la estructura enigmática del hombre, de una revelación.
Lugar de encuentro. El advenimiento del Verbo Eterno, hace ahora dos mil años, constituye el lugar de encuentro por excelencia de Dios con el hombre. Nos dirá Angelo Scola, del Instituto Juan Pablo II, que se trata del "¡Encuentro libre y gratuito, propuesto a la persona humana!". ("Oración, suprema expresión de la libertad humana", Lí Osservatore Romano , 30/12/1989).
Cristo es la iniciativa de Dios de hacerse encontrable por parte del hombre. Y así, continúa diciendo Angelo Scola: "¡Por esto (Cristo) no puede sino dirigirse a la libertad (del hombre)!". Cuando la libertad humana se abre al encuentro con la libertad divina surge la comunión entre el ser limitado y el ser absoluto, e inseparablemente la comunión de los hombres entre sí. La vida del hombre adquiere sentido. La oración cristiana, ese contemplar en uno al Otro, que está al alcance de todos; es esencialmente el encuentro de dos libertades.
(*) Presbítero