Me ha impresionado la exultante y copiosa propaganda sobre la llegada a Costa Rica de Deepak Chopra, otro de los gurúes de este mundo en esta frenética estampida mental hacia el siglo XXI...
Confieso que no he leído ningún libro de este famoso hindú, heraldo de la ayurveda, abanderado de la medicina holística, discípulo de Maharishi Mahesh Yogui, "creador" de la meditación trascendental (¿no eran, acaso, trascendentales las meditaciones anteriores de la humanidad?) y otros atributos que, a cantaradas, figuran en la prensa mundial.
Mi ignorancia sobre Chopra proviene, de seguro, de mi gigantesca ignorancia sobre casi todo lo divino y lo humano, pero, además, de cierta reticencia hacia los "best-seller" (prefiero lo clásico, es decir, lo probado), sobre los gurúes en cualquier materia (¿qué mejor que un sólido pensador?), sobre las técnicas espirituales (el ser humano necesita, más que todo, una profunda conversión interna) y, en general, sobre los actos espectaculares.
Debe alegrarnos, con todo, la presencia entre nosotros de un médico de nombradía como Chopra, portador de un mensaje espiritual, a sabiendas de que no se trata de un ser taumatúrgico. La novelería no debe, por ello, sustituir el contenido ni la figuración social, el hecho primario de la propia responsabilidad. Un personaje famoso puede convertirse en una mera evasión, en una especie de placebo espiritual o sentimental.
Este estallido de conferencistas, gurúes, maestros, predicadores, estrategas, venidos de todas partes; esta sed insaciable de recetas mágicas, de palabras novedosas, de fórmulas esotéricas tienen una causa. Víctor Frankl, entre muchos otros estudiosos del alma humana y de la sociología, lo llama "vacío existencial" y lo explica profusamente.
Cada época --dice-- tiene sus neurosis y cada tiempo necesita su psicoterapia. Nos enfrentamos hoy con una frustración existencial. El hombre moderno padece un abismal complejo de falta de sentido, acompañado de un sentimiento de vacío. Cita, entre centenares de testimonios y de investigaciones, un estudio realizado entre exalumnos de Harvard. Veinte años después de haber concluido los estudios universitarios, un notable porcentaje de ellos, en posiciones espléndidas, se quejaban de un poderoso sentimiento de vaciedad existencial.
Contrariamente al animal --agrega-- el hombre carece de instintos que le digan lo que tiene que hacer y, a diferencia de los hombres del pasado, el hombre actual ya no tiene tradiciones que le digan lo que debe ser (y si las tiene, las desecha por esnobismo o por indolencia). Ignorando así lo que tiene que hacer e ignorando también lo que debe ser, ha perdido su voluntad de sentido.
Si esta es la situación de los adultos, si esta es la enfermedad de fin de siglo, no nos queda más que retornar a los niños y a los adolescentes para que, al formarlos reciamente en el trabajo, en la bondad, la belleza y la verdad, salven al mundo y a Costa Rica para ellos, para la dignidad y la paz. Este esfuerzo personal, este sentido de solidaridad con ellos, con los que menos tienen, con los que sufren, con los excluidos, les dará sentido pleno a nuestras vidas, mucho más que las exposiciones de un personaje afamado.
No hace falta ir tan lejos. Aquí, en nuestra rica herencia espiritual, en nuestra Patria, tenemos los enfermos --del alma y del cuerpo-- y las soluciones. Pero, la enfermedad de hoy se llama indiferencia.