El fallo de la Cámara de los Lores en Inglaterra es un buen regalo de Navidad.
Un buen regalo no por coincidir con esta fecha, sino porque corresponde a la esencia de la Navidad, pues, al declarar este alto tribunal que nadie, ni emperador ni príncipe ni jefe de Estado ni magnate, goza de inmunidad, en ningún punto del planeta, ante el crimen o la violación de los derechos humanos, ha reivindicado la grandeza del ser humano.
El gozo de los no creyentes termina aquí y encuentra en la razón su fundamento. El de los creyentes da un salto y penetra en la dimensión de la eternidad, pues, en el fondo, lo que este fallo dice es que nadie es soberano de la dignidad del ser humano, pues nadie puede suplantar a Dios. La suplantación de Dios constituye el mayor de los pecados.
El poder sin límites es demoníaco, pues el dominio de las almas, más que el de los bienes materiales, representa, en última instancia, la aspiración suprema del tirano. Es demoníaco también el poder concentrado e ilimitado porque el tirano exige adoración. De aquí su odio profundo a la libertad de expresión, a la crítica, a toda aquella persona que no le rinde pleitesía. De esta mentalidad demoníaca provienen las ríadas de desaparecidos, la tortura, los tratamientos crueles, el genocidio, el asesinato&...;
Celebramos hoy, entonces, una gran decisión: ninguna razón de Estado o personal ampara a los violadores de los derechos humanos, por cuanto el ser humano, la persona humana, posee, desde el momento de la concepción -y no unas semanas o meses después- el don maravilloso, el destello divino de su dignidad, fundamento de los derechos humanos.
¿Por qué somos dignos? Esta es la madre de todas las preguntas. O el ser humano es digno por sus facultades especialísimas, que lo diferencian radicalmente de otras especies, en cuyo caso hay que asumir la tarea de explicar su origen y su destino, o el ser humano es digno porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.
En el caso del cristianismo, el fundamento de la dignidad humana presenta otro relieve o, si queremos, lo fortalece ad infinitum, al convertirse el misterio de la encarnación, esto es, de Dios hecho hombre -máxima humildad- en su razón de ser. Este es el sentido de la Navidad que, no obstante toda su secularización y contaminación, conmemora un acto trascendental ocurrido en Belén hace 1998 años.
Pinochet está pagando un inmenso pecado. Al mancillar la dignidad de millares de seres humanos, atentó contra toda la humanidad, violó el misterio de nuestra historia y pretendió asumir un papel que solo a Dios corresponde: el poder de la vida y de la muerte, del principio y del fin.
Esto quiere decir que la causa de los derechos humanos se tiene que aceptar sin excepciones, con toda su grandeza y con toda su lógica. En ella no hay términos medios.
En océanos de sangre y de cadáveres se ha venido construyendo y perfeccionando, a lo largo de la historia, la doctrina y aplicación de los derechos humanos. En este itinerario de luz y de tinieblas, el fallo de la Cámara de los Lores de anteayer representa un acto que honra a la especie humana.
Una Navidad anticipada o, mejor, la realización del mensaje navideño. "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad". Sentido de trascendencia y buena voluntad. Al parecer, esta es la fórmula.